El Reino olvidado de Angkor y el horror de los Jemeres Rojos

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Dicen que en la era moderna hay 7 maravillas en el Mundo, pero ciertamente deben de ser 8. Uno de los monumentos más extraordinarios de la humanidad son los olvidados Templos de Angkor en Camboya, sin duda los mejores de toda Asia y el complejo de templos más grande del planeta.

Los helenos inventaron allá por el S. III antes de nuestra era el recurrido listado de las siete maravillas del mundo, según comité de viejos y barbudos expertos, cómo aquel que recogía los mejores monumentos de creación e ingenio humano. De las siete laureadas de aquel remoto concurso, la Pirámide de Guiza, los Jardines Colgantes de Babilonia, el Templo de Artemisa, la Estatua de Zeus en Olimpia, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría, cinco eran griegas, así que estaba claro el carácter helenocéntrico del pliego.

De aquellas arcaicas maravillas hechas ya trizas, solo quedaba en pie la egipcia Pirámide de Guiza. Así que vacíos 6 pódiums mundiales y pispando el carácter monetario del juego, cayó en la cuenta algún que otro moderno empresario que marchó a registrar el copyrigth del asunto. Hecho, ahora era el pódium era patentemente suyo. Al más estilo western, eligió las triunfadoras mediante un sistema de votación mundial por sms de requetepago, así que absténgase de ganar países pobres sin mucho marketing ni celular. Criterio, el tuyo, con lo que estaba claro ahora el carácter economicista del pliego. Angkor llegó a la finalísima y, aunque numerosos expertos/as e instituciones se echaron las manos a la cabeza, quedó sin ser reconocida como Maravilla Mundial, nuevamente olvidada para la historia de la humanidad.

Angkor Wat (13)

Aquella Angkor antigua fue capital del esplendoroso Imperio Jemer y dominó el sureste asiático del siglo IX al XV, desde el Mar de China hasta el Golfo de Bengala. Un millón de personas de la etnia Jemer habitaba en la gran ciudad de Angkor. El Imperio, que nació bajo el reinado de Jayavarman II profesando la religión hindú y excluyendo el sistema de castas, se pasaría a la budista con la llegada del Jayavarman VII. Así, entre Jayavarmanes, Indravarmanes, Suryavarmanes o congéneres del mismo sufijo, edificarían el Reino piedra a piedra, con edificios como los de Angkor Wat, Bayon, Ta Prohm o Preah Khan y esculpirían en ellas toda su historia y cosmología.

Con el paso del tiempo el Imperio de Angkor desaparecería sin saberse muy bien porqué quedando deshabitado y durmiente tras la espesa selva, con la única excepción del Templo de Angkor Wat que permaneció al cuidado de monjes budistas. En 1860, cuatro siglos de tupida selva después, Angkor saltó a la antropológica fama de manos del naturalista y explorador Henri Mouhot, que a base de dibujos y descripciones, consiguió por fin atraer la atención mundial y comenzaron a ser restaurados los templos.

Angkor Wat (132)

Siem Reap (41)

Aterrizamos en Siem Reap y su lago desde Laos para reencontrar la imagen de los maravillosos Templos de Angkor, guardada en mi retina desde numerosas películas y documentales. Nunca antes había oído hablar de los Jemeres pero su existencia marcó a fuego doblemente la historia del sudeste asiático, como más tarde sabría. Alquilamos una bici en la ciudad y nos dispusimos a llegar a pedal a sus templos. Con un total de 910 monumentos entre la jungla, la cosa requiere días y empeño. Los más lejanos, solo se pueden visitar en tuk-tuk, puesto que no da el kilometraje para la ida y vuelta.

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Dicen que Suryavarman II saltó al trono en un paseo en elefante, brincando sobre su tío y anterior Rey Dharanindravarman, que a su vez había saltado al trono matando a su hermano pequeño. Salto a salto y muerte a muerte Suryavarman II edificó la mayor parte del Imperio y se autoproclamo Rey del Mundo, casi nada. Bajo su reinado se construyó el templo de Angkor Wat, centro de la ciudad y la estructura religiosa más grande del planeta.

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Jayavarman VII, el que se vino a budista, construyó el Templo Bayón. Este templo con sus 37 torreones es quizá el más enigmático. Con más de 200 caras talladas del propio Jayavarman, cuando corres por sus pasadizos y alturas, siempre andas eternamente observada por el Rey y es que, allá donde mires hay cara.

Angkor Wat (133)

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Una de las leyendas que más salpican los templos a modo de friso esculpido o puentes de río, es la del “Batido del Océano de Leche”, uno de los mitos más curiosos y fundamentales del hinduismo, que explica la inmortalidad de los dioses y el origen de los eclipses de Luna.

Cuenta la leyenda que en el inicio de los tiempos tanto Dioses como Demonios eran mortales y luchaban por el dominio del Mundo. Aquello debería ser una sangría. Los Dioses, que veían la batalla perdida, solicitaron a Visnu ayuda, quien les propuso parar su lucha y unir fuerzas con los Demonios para buscar el amrita o néctar de la inmortalidad. Este se encontraba en el océano de leche, un exótico océano dentro del mismo planeta. Así nadie más moriría.

Para conseguir el néctar divino, toda una movie: deberían encontrar unas hierbas mágicas en el susodicho océano, cortar el monte Mandara y hacerlo girar utilizando a la serpiente Vasuki, Rey de los Naga, de forma que se batiesen los mares cual túrmix moderno. Batido el océano, tras miles de años de agitando y agitando, su fuerza generó, aparte del néctar de la inmortalidad, un gran número de objetos y seres mágicos extraordinarios de los que penden otras muchas y variadas leyendas.

Una vez batido y extraído el néctar de la inmortalidad del Océano de Leche en una copa, los demonios se precipitaron sobre ella  para hacerla solo suya. Al percatarse de la tropelía, Visnu se transformó en la mujer más bella del mundo y así, con los demonios extasiados, les arrebató el néctar ansiado para dárselo a los Dioses. Pero los demonios no daban la batalla por perdida y el diablo Raju adoptó la forma de semidiós para participar en la dosis del néctar y esperó turno. Soma, Dios de la Luna, se pispó de la suplantación y con un chivatazo a Visnu, este le cortó la cabeza de cuajo. Una gota de néctar entraría en la boca de Raju y su cabeza seccionada se volvería inmortal. Ahora cuelga del cielo y de vez en cuando, en señal del aquel desagravio, dicen se come de un bocado a la Luna.

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Allá donde deambules encuentras un templo olvidado, igual como lo vieron durante siglos y siglos tantos. Cómo bien me contaron, es la Ley de la Naturaleza: lo que el hombre le arrebató a la jungla, la jungla se lo arrebató al hombre. Ahora árboles y raíces arrancan de cuajo cimientos y estructuras concediéndoles mágicamente la parte esencial de su belleza y embrujo.

De allí decidimos marchar a Phon Penh para conocer la segunda historia de los jemeres, sin duda la más cruda: la de los Jemeres Rojos. Este régimen autoritario fundado bajo la ristra de ideas marxistas-leninistas-maoístas y liderado por Pol Pot, enloqueció y tomó Camboya desde 1975 a 1979 para fundar la Kampuchea Democrática. Con la primigenia idea de recuperar la ancestral cultura jemer, aquella de Angkor, devastó la civilización y cultura urbana por considerarla burguesa, evacuó las ciudades para radicalizar la economía a la de una sociedad agraria y asesinó a cientos de miles de camboyanos opositores al régimen. Otra bárbara cruzada, fue un genocidio en toda regla: Camboya en tan solo 4 años perdió casi una cuarta parte de su población y 1.700.000 personas perecieron bajo ejecuciones, trabajos forzosos, hambrunas o metralla de la guerra.

En la ciudad de Phon Penh aún se sentían más los estragos de aquella masacre. Solo habían pasado tres décadas y se palpaba la pobreza y desolación que un conflicto armado conlleva. Personas tullidas que perdieron brazos o piernas al estallar una de tantas minas que aún hoy habitan sus tierras, te recordaban el horror que perpetúa una guerra.

Paseamos por su Pagoda de Plata, por sus motorizadas calles, por el malecón del Mekong que la atraviesa, sus mercados o templos y ya finalmente marchamos hacia la S-21, cómo si no quisiéramos. Dicen que no puedes conocer la verdadera historia de Camboya y su horror sino vas a la S-21 y es tristemente cierto.

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Phon Penh (121)

Aquella antigua escuela se trasformó en 1976 en el mayor centro secreto de interrogación, tortura y ejecución del régimen de Pol Pot. Todo sospechoso/a de ser “enemigo de Estado” era arrestado con su familia y hacinado en sus dependencias. Un médico garantizaba que el/la prisionero/a sobreviviera en las torturas lo suficiente para que la confesión llegara y después de la revelación, persona y familia eran asesinadas. Por ella se calcula que pasaron 20.000 personas, todas culpables y ejecutadas. Solo 12 sobrevivieron, entre ellas 5 niños que se ocultaron entre una pila de ropa y el joven pintor Vann Nath, que salvaría su vida tras agradar sus retratos al Director y este espetase aquello de “resérvenme al pintor”.

Phon Penh (131)

Cuando las tropas vietnamitas entraron a la S-21 en 1979 encontraron los cadáveres de 13 hombres y una mujer en las antiguas aulas, reconvertidas ahora en estremecedoras salas de tortura. Enterraron sus cuerpos en el patio y dejaron cada aula igual, inmóvil, varado en el tiempo el horror del ser humano, para que no pase nuevamente al olvido. Hoy en día, una fotografía de cada sala de tortura tal y cómo se encontró aquel día, preside cada estancia. La energía del terror vivido aún se encuentra estancada entre sus encerados, fotografías, puertas o pasillos…

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La verdadera Camboya se ve en la sonrisa al extraño y se siente con los ojos cerrados. Toneladas de cultura, de mitos, de pasados brillantes y oscuros, potente país de dicotomías, desde los grandes jemeres y sus increíbles templos de Angkor a los Jemeres Rojos y la fantasmagórica S-21, de maravillas y horrores.

Siemp ReapAngkorPhon PenhSihanoukville… a su paso y desde sus tranquilas playas quizá lo intuí, ya no había remedio, quizá Asia me había encantado como en un cuento de hadas. Mis pies, aún sin saberlo, se encontraban en una encrucijada que solo tiempo después fui capaz de descubrir. Regresaría a casa sabiendo que este fue el final de un camino y el principio de otro, mi punto omega particular. Son esos mismos pies los que dirigirían nuevamente mi destino.

Koh Chang (134)

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