Bombay, la Puerta de la India, dos caras de una misma moneda

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Dos años después. Día cero. Aterricé entre ensueños. Estuve todo el viaje dormida sin querer evitarlo, conectando inconscientemente decenas de imágenes, sensaciones, instantes, momentos… de lugar en lugar, de transporte en transporte interminablemente. El cielo. En uno de los despertares vi como un avión se cruzaba con nosotros en las alturas tan cerca que impactaba. Abrí los ojos justo en el momento adecuado, cómo si me esperase. Me pareció increíblemente raudo y pensé que nosotros también lo éramos. En otro de los instantes y de los cielos, vi bandadas de pájaros jugando a ser oleadas de viento a nuestras espaldas. El cielo estaba presente. Luego llegaría el viento.

Y no había más, ya estaba allí y el viaje se instauró en mí. Nada más llegar a Mumbai los cuervos me hicieron saber de su presencia y a todas horas rodearían mis espacios. Nadie me avisó de que me esperarían allí.

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Amaneció y marché hacia la zona de Colaba. Una hora de trayecto me hizo recorrer Mumbai de norte a sur, de la pobreza a la riqueza, de los abarrotados “sloms” a las grandiosas casas coloniales. Dieciséis millones de habitantes en una ciudad y sólo era el inicio. Era tanto lo que había oído hablar que nada me sobrecogió, sólo permanecí expectante. Esperaba más ruido, más pitidos, más olores, más caos… Me conectó con Dakar quizá porque la pobreza es similar en cualquier parte.

Percibí pequeños detalles pasajeros de los que se quedan alojados en la retina por un segundo: un hombre lavándose con los primeros rayos del día, un niño despertando bajo de un puente en colchón de escombros… Al rato vi el mar y supe intuitivamente que habíamos llegado a nuestro final del recorrido o posiblemente a inicio.

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Era la casa de huéspedes más barata que había encontrado, un antiguo cuartel militar al lado del mar dónde sólo había indios. Llegué a mi habitación, ni más ni menos raída de lo que yo me hubiese imaginado y con un cierto aire colonial inglés. Había pájaros dentro de ella y volaron nada más verme. Un ensueño más, una ducha fría, un plato de comida demasiado picante para ser el primero y un largo paseo al mar.

Salí andando intuitivamente por el gran Taj Majal Hotel, emblema de Mumbai, hacia la Puerta de la India. Pasé un control policial para acceder y me senté a observar plácidamente lo que hacía la gente, cómo habla, como mira con pudor, como sonreía… Allí estuve sentada observando cerca de dos horas dónde India me acogió con la mejor de sus miradas. Quizá es la mejor manera de comenzar a entender algo y caminar.

Dibujo India - Bayan 2

Fue más tarde cuando me enteré que allí mismo se había cometido el último atentado de todos los que han asolado Mumbai en estas últimas décadas. Fueron diez ataques terroristas coordinados en toda la ciudad donde 188 personas murieron. La operación fue reivindicada por un grupo terrorista islamista poco conocido.

Me llegaron dos historias que querían ser contadas, la de una persona que había perdido dos amigos allí y la de dos personas que se salvaron en los baños del Taj Majal Hotel después de unas interminables horas escondidos oyendo tiros y gritos. Es la historia de siempre de los pueblos y las culturas, la lucha por la preponderancia. Dos visiones, dos historias, dos caras de una misma moneda.

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La moneda volvió a mí días después, cuando visité la casa de Mahadma Gandhi donde vivió cerca de 20 años en Mumbai. Conocí más detenidamente su historia, su vida y su lucha, abanderado de la lucha a través de la no-violencia y del seguimiento de las masas, de la libertad de los pueblos colonizados, de la inclusión de todas las castas, religiones y culturas.

He de decir que en aquella casa se respiraba paz más de medio siglo después de su muerte. Qué sencilla y placentera. La rueca con la que le gustaba trabajar y que fue su gran metáfora de vida estaba allí, al lado del colchón en el suelo donde dormía.

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Gandhi fue un abogado, pensador y político hindú nacido en 1879. Luchó por la Independencia de India ante el Imperio Británico utilizando métodos de lucha social novedosos como la huelga de hambre, la desobediencia civil o el áhimsa (no violencia), estando encarcelado varias veces. Abogó por la paz y convivencia entre las religiones hindúes y musulmanes. Trató de reformar la sociedad india, empezando por integrar las castas más bajas (los shudras o esclavos y los parias o intocables) y desarrollar las zonas rurales.

Un ejemplo de su desobediencia civil y efecto fue la gran Marcha de la Sal. Ante la negativa del Imperio Británico de ceder autonomía a La India, Gandhi respondió con una lucha no-violenta contra el impuesto británico de la sal. La sal era un producto de vital importancia para la conservación de alimentos ya que su población apenas cuenta con refrigeración y había sido siempre un bien libre: cualquier persona que la necesitaba tomaba agua del mar y la dejaba evaporar. Con la llegada de los británicos esta costumbre fue prohibida con severas penas y se estableció un impuesto sobre la sal consumida.

Así que Gandhi salió a pié de su ashram para recorrer durante 21 días los 350 kilómetros que le separaban del Océano Índico. Cuando llegó, avanzó hacia el mar y recogió en sus manos agua con sal. Miles de personas salieron a su paso y se unieron desde Karachi a Bombay, evaporando agua y recogiendo sal a plena luz del día, desafiando la norma y al mismísimo Imperio Británico. Este respondió con arrestos violentos y los de Gandhi no ofrecieron resistencia. Por esta marcha cumpliría 9 meses de cárcel pero finalmente y tras mucho empeño conseguirían la ansiada Independencia.

Gandhi moriría años más tarde asesinado a manos de uno de los suyos, ni un inglés ni un musulmán, un hindú. El divide y vencerás parece ser que siempre funciona. Para algunos héroes o para otros villanos. Es otra vez la historia de siempre, la lucha por el poder, dos visiones, dos historias, dos caras de una misma moneda. Y parece ser que en la ciudad de Bollywood, todo funciona como en el cine, pero aquí a veces también ganan los malos. 

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