El camino del Mekong hacia Laos y los hilos que nos unen

Mekong (43)

Quería cruzar de Tailandia a Laos remontando el Río Mekong. Se me había puesto entre ceja y ceja y sabía que se podía hacer, así que no quedaba otra, erre que erre. Pero estaba en Chiang Mai y allí no había ni río ni nada, algo fallaba. Entramos en una casa de un viejo señor tailandés que en su puerta decía Boat to Luang Prabang. Parecía de lo más sencillo. Le pregunté y el señor, que no disparaba ni una en inglés, me dijo que sí. Sacó un papelito y se puso a dibujar lentamente un circulito donde señaló algo así como “aquí” (yo entendí Chiang Mai), una rallita al lado, otro circulito, otra rallita más, un circulito más, una última rallita y un último circulito final donde señaló con el dedo “allí” (yo entendí Luang Prabang). Vamos, que en tres días dos noches llegabamos a Luang Prabang y que él se encargaba de todo. Equilicuá. Cuestión de confianza con el anciano.

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Llegamos con la socorrida técnica del papelito-pegatina, muy extendida en el sudeste asiático cuál cambio de cromos. Papelito del señor, una furgoneta a Chiang Rai, cambio de papelito, otra a Chiang Khong, allí canje del papelito por otro en casa de unos tailandeses donde dormiríamos, nos darían cena y desayuno. El otro papelito nos llevaría en camioneta a la frontera, paso a pegatina, bote para cruzar el río-frontera, cambio de pegatina, Laos, donde alguien nos vería la susodicha y nos llevaría a un local dónde esperaríamos un bus, canje de pegatina, que nos llevaría a la barca del Mekong que con ese lo que fuera versión 9.0 marcharíamos dos días hasta la misma Luang Prabang. Tela, pero así fue. No sé ni cuantos “pegalitos” o “papetinas” rodaron con nosotras es este periodo de tiempo ni cuanta gente anduvo zarandeándonos arriba y abajo, solo sé que cada vez eran más minúsculos/as y yo temía que en algún canje se desvanecieran.

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Recuerdo que me costó perder el ritmo de occidente y posiblemente no fue hasta Laos donde comencé a caminar lenta y pausadamente, saboreando cada lugar y momento. Laos trae la paz y el Mekong te acompaña en el camino. Un viaje en barca de dos días por el gran Mekong, para llegar al interior de una región y sus gentes, al interior de un viaje, al interior de cualquier caminante y así durante una reiteración  infinita.

Mekong (52)

El Río Mekong es uno de los más largos del mundo. Nace en la cordillera del Himalaya y con sus cerca de 5.000 km de longitud pasa por China, Tibet, Myanmar, Laos, Tailandia, Camboya para desembocar en Vietnam, casi nada. Hábitat de 1.200 especies de peces, proporciona sustento a 100 millones de personas, otros tantos millones de animales, riega cultivos, selva y naturaleza. Grandioso río marrón.

La barca zigzagueaba el caudaloso río entre las ranuras de las colinas pausada pero firmemente. Un guiri de los de barba larga cantaba mientras blandía melancólicamente la guitarra al más estilo western “ho, ho, ho…”. En cada aldea la barca paraba, subía una gente, bajaba otra, pollos, patos, niños y niñas corriendo… era una imagen sencillamente bucólica. Ya no había ni estrés ni occidente, aquello era sentir Asia simplemente. Y ya no llovía, el agua me daba su cara más amable y yo me dejaba fluir en ella.

Mekong (68)

En la barca conoceríamos a Juan y Lolo, una pareja de chilenos que lo dejaron todo para dar la vuelta al mundo. Admiraba su valentía y cada vez me sentía más cerca. Dos años después, recién llegada yo a la India en este segundo viaje, me encontraría al bajar del tren con Cecilia, una joven chilena que dejó su empleo de abogada para viajar sola por Asia. Buscaba dónde dormir e Isabel y yo la adoptamos en Bangalore. Allí, entre risas, sabría que durante mucho tiempo fue la cuñada de los chilenos Juan y Lolo. Válgame destino. Entre las dos ideamos la teoría de los “hilitos invisibles” que viene a decir que nada es fortuito, que el mundo está repleto de hilos invisibles que guían nuestros pasos, unen y conectan nuestras redes y destinos.

Después de todo el día navegando paramos a dormir en una aldea para continuar a la mañana siguiente. Con el sueño pegado y el desayuno en pie, subimos de las últimas a la barca y nos quedamos sin silla, así que nos recostamos en la parte delantera a verlas un rato pasar. Al tiempo nos acercamos a una aldea. Normalmente, al aproximarnos a la orilla veía a niños y niñas correr, haciendo aspavientos, gritando, riendo o saltando desde lo lejos hasta que la barca amarraba. Pero esta vez, algo extraño ocurría, las voces y los gestos no eran relajados, parecían nerviosos, tensos… Me fijé y vi a una señora inmóvil con una especie maleta. A su lado unos señores traían agarrado a un otro que parecía no respondía.

La barca se detuvo y subieron al señor alarmados. El lugar era estrecho y no había más sitio para recostarlo que dónde estábamos los/as “sin silla”, por lo que nos levantamos para hacerles un hueco. El señor pálido, no respondía. Tenía el pecho tapado y se veía fluir sangre a borbotones. El semblante de la mujer, que debía ser la esposa, era de silenciosa preocupación. Alguien subió el botiquín de emergencias de la aldea. Ellos/as hablaban de lo ocurrido en laosiano con el barquero, a lo que nosotros/as entendíamos poco más que lo trasladan al centro sanitario más próximo, que suponíamos era en Luang Prabang, a 6 horas ni más ni menos.

No teníamos silla por rezagarnos ni había más espacio en la barca, así que teníamos que quedarnos acurrucadas al lado de la improvisada enfermería. Se respiraba tensión porque se palpaba la gravedad en el ambiente y estábamos demasiado cerca del foco. Fue entonces cuando se aproximó una joven a preguntar si sabíamos qué ocurría. Era una médica española, le contamos lo poco que entre sabíamos y ella, asustada porque solo era MIR, nos pidió que la ayudáramos y haría lo que estuviese en su mano.

Nos envió a conseguir del resto de guiris cualquier cosa: hilo, aguja, medicamentos, iodo, gasas, vendas… lo que fuera. Rápidamente nos organizamos. La familia, nerviosa, no conseguía explicarse así que se puso a trabajar sin saber realmente lo que ocurría. Vio que tenía una herida en el pecho y cuello y que perdía sangre a raudales. Le taponó las heridas como pudo, le puso el gotero que encontró en el botiquín de la aldea y con el material conseguido, se puso a curar y coser heridas. En dos horas el señor se estabilizó, le cambió el color de la cara y recobró el conocimiento.  Bravo y brava.

Más tarde, desde la tranquilidad y a través de dibujos, la familia le explicaría que el señor era el maestro de la aldea y se encontraba trabajando en el campo cuando lo atacó un cerdo salvaje mordiéndole entre pecho y cuello. O al menos eso es lo que ella entendió.

Luang Prabang (55)

Por la tarde llegamos a Luang Prabang, lo subieron en tuk-tuk cual ambulancia rural y de ahí pitando al hospital. Al día siguiente veríamos a la médica. Contó que marchó a visitar al señor y se encontraba bien, que lo difícil pasó. Pedazo de valiente la joven MIR. Seguramente cambió el destino de ese señor ese día. Un hilito invisible los unió también, a él a ella, a un maestro de escuela y una estudiante de medicina, bonita pareja.

Hoy, haciendo memoria de lo vivido en la barca, he marchado al Mekong una vez más. Me siento afortunada haber estado ahí para ver las bondades del ser humano, en este mundo que a veces siento desalmado. Me siento orgullosa de nuestros/a médicos/as y nuestra sanidad universal, que penden de hilo, invisible también. He recordado cuántos sanitarios han tenido que marchar de España para poder ejercer y me he preguntado dónde estará ella, porque ella es una valiente de las que se van. Y sé que ella es solo una de tantos, que hoy es la punta de un gran iceberg. A los y las valientes del mundo, desde aquí les deseo toda la suerte.

Luang Prabang, lugar sagrado y mágico que me llevó el fluir del gran Mekong, donde supe que el mundo está lleno de valientes que toman grandes decisiones en momentos oportunos, que nunca estaría sola, que siempre habría alguien dispuesto a ayudarme por muy remoto que fuese el lugar, que estamos conectados con hilitos invisibles que unen nuestros caminos y destinos… Quizá la idea de viajar indefinidamente comenzó a forjarse, a creer que era una realidad posible y no solo imaginable. Comencé a sentirme también “brava”, como tantas veces me han ahora llamado. Y solo entonces los sueños cesaron para comenzar a florecer simplemente como algo tangible y real.

Luang Prabang (42)

Chiang Mai (234)

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