El Yeti o el abobinable hombre de las nieves, los Annapurnas y las nubes

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Tal y cómo queramos llamarle, del Yeti para los nepalíes, Migou para los tibetanos, Chuchuna para los rusos, Bigfoot para los yanquis o “el abominable hombre de las nieves” para los más cinéfilos, se dice que es una gran criatura peluda de ciencia o de ficción, para algunos medio oso, para otros medio orangután y para los menos medio humana, que habita en las zonas boscosas de los Himalayas y que se debe ser algo así como el galáctico Chewbacca.

En torno al Yeti hay mucha mitología, que si sí, que si no, que si en el Everest, que si en los Annapurnas, que si que sé yo… Los foráneos dicen que existe desde tiempos remotos y las primeras descripciones escritas datan de 1.430, cuando fue avistado por el viajero Hans Schiltberger en un viaje hacia Mongolia y del que se marcó un blog de la época.

Pero la antropológica fama vendría en 1.953 con la primera cumbre del Everest de Edmund Hillary y su guía sherpa Tenzing Norgay que afirmaron haber visto sus enormes pisadas en el descenso. Ciencia o ficción, parece ser que el Yeti ha dejado huella en los Himalayas: en 1970 el montañero Don Whillans dijo haberlo visto con sus prismáticos durante ni más ni menos 20 minutos, en 1974 lo avistó el montañero y periodista César Pérez de Tudela, en 1986 se lo encontró cara a cara Reinhold Messner, en 1998 lo pispó el alpinista Craig Calonica e incluso en 2004 el científico nipón Yoshiteru Takashi marchó en expedición cámara en mano e inmortalizó su pisada, al más estilo japo. De su peludo retrato o de su “selfie”, ni huella.

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Ya en Kathmandú pregunté por el Yeti, a ver que se cocía. “What do you think about Yeti? Do you believe in Yeti?”  Nasti… “don´t believe it”. Nadie me dijo creer en él. ¿Sería posible? No podía creer que su mítica existencia se hubiese extinguido entre las gentes nepalíes. “Será porque no viven en las montañas -pensé yo- así que habrá que ir a la fuente y adentrarse en los Himalayas.” Y así lo hice.

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Despedí Kathmandú para marcharme hacia Pokhara. Allí prepararía mi permiso de entrada para los Annapurnas, que por 4.000 rupias (unos 25 pavos) y 4 fotos te permite el acceso al santuario. Después de dejar mi mochila a buen recaudo en el luggage del guest house, que era simplemente un rincón de la habitación de empleados que padecía del síndrome de Diógenes, me dispuse a comenzar sin guía ni sherpa mi último gran trekking de esta temporada: llegar al fin del Mundo y al fin de mi caminar olvidado.

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Una pequeña mochila aderezada de los dichosos permisos, un mapa de la zona, linterna, stick al uso, botella de agua y pastillas potabilizadoras, frutos secos para las paradas, las recurridas mallas viajeras, un par de mudas de ropa interior, plumífero y bufanda, un mínimo neceser, mi inseparable saco de dormir, sin olvidar la cámara de fotos y mi pequeña libreta de notas, sería lo necesario para adentrarme unos días hacia la región de los Annapurnas. Habían cesado las lluvias del monzón y el frío aún no había llegado a su punto álgido, así que la marcha no era del todo complicada.

Annapurna significa “Diosa de las Cosechas o de la Abundancia”. Esta región, custodiada por ocho grandes picos entre los 7.000 y 8.000 metros de altitud, discurre en un macizo de 55 km de longitud: Annapurna I, II, III, IV, Gangapurna, Annapurna Sur, Hiunchuli y Machapuchare. Con 8.091 metros, el Annapurna I es la décima montaña más alta del planeta, uno de los 14 ochomiles y el primer ochomil en ser alcanzado. Peaso de estampa aquella, no había lugar mejor para inspirar el final mi viaje de más de 400 días por el continente asiático.

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Las cimas del Annapurna y el Everest son una necrópolis de grandes escaladores. Estaba claro que tan alto no llegaría. El Annapurna I fue el primer ochomil en ser alcanzado en la historia de la humanidad: Maurice Herzog y Louis Lachenal alcanzaron su cima el 3 de junio de 1950 después de una ardua expedición que en ambos casos culminaría con todos los dedos de pies y manos congelados, engangrenados y amputados. Descansen en paz, desde ese momento 4 de cada 10 escaladores que han intentado treparlo han perecido en el intento.

Y lo del Everest, no tiene nombre. La zona muerta cerca de la de la cima, a 8.848 metros de altitud, donde la cantidad de oxigeno no es suficiente para la vida, las temperaturas que pueden llegar a alcanzar los – 60º y unas rachas de viento que pueden hacerte volar a 285 km/h, hacen en su última escalada se vislumbre un reguero de más de 40 de cadáveres petrificados, algunos de casi 100 años, que apuntan el camino a la cumbre y escenifican su último halo de vida. Y es que una vez allí no existe posibilidad alguna de rescate y sencillamente, cuando un/a compañero/a no puede continuar, o se le abandona o se le acompaña en el camino a la otra parte.

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Al amanecer marché a pinrel a la estación local de autobuses de Pokhara, cosa que me llevó cerca de una hora, y después de liarme de bus y marchar erróneamente hacia Sarangkot, volví sobre mis pasos para redirigir mi camino hacia Nayapul, lugar de inicio de mi trayecto hacia los pretendidos Annapurnas. Había perdido cerca de cuatro horas con la tontería del pateo a la estación y el engaño del bus, así que me tocó meter la quinta para llegar cuesta arriba a destino antes de que la tradicional y espesa niebla nepalí todo lo cubriera.

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Hecha un torito, crucé las aldeas de Birethanti, Matathanti, Lamdawali, Sudame, Hille, Tikhedhungga hasta llegar a la cuesta de Ulleri, dónde ya en la cima dormiría en una guest house local por 100 rupias (menos de un euro). Con el amanecer marcharía por Ban Thanti, Nangge Thanti, Deurali y Ghorerpani hacia la montaña Poon Hill, a 3.210 metros de altura y desde dónde se pueden divisar toda la ristra de Annapurnas.

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Divino lugar, subí ensimismada a ver su atardecer y repetí la subida en la noche para ver el alba entre las nubes helada de frío, en uno de los espectáculos más grandes que mis ojos han sentido. Anda y vino, las nubes jugaron al escondite con el Annapurna I, Annapurna Sur y Machapuchare, desvelando cada cima a cada segundo. Tremendo escenario, se divisaban las inmensas moles de roca y hielo, las fuertes ventiscas y escarpadas aristas que han costado la vida a tantos/as montañeros/as que han tenido la osadía de escalar los Annapurnas.

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Ya hechizada con los Himalayas en este final de camino, marché tranquila unos días más hacia Ban Thanti, Tadapani, Ghandruk, Landruk, Tolka, Bhedi Kharka, Bhichok Deurali, Pothana, Australian Camp, Kande… Adentrarse por los Himalayas hacia los Annapurnas era sumergirse en la cultura de los/as sherpas de las montañas, su vida tradicional, sus macizos esculpidos, sus aldeas en las laderas, sus filas de burros de carga en los angostos caminos, sus campos arados tradicionalmente con bueyes o búfalos, sus luces, brumas, nieblas y nubes…

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Todos los días disfrutaba de la misma encantadora rutina: levantarme en un lindo amanecer de luces y brillos donde siempre se podían distinguir algunos de los Annapurnas y avanzar por los senderos de montaña antes de que la niebla hiciera acto de presencia, justo después de comer, cubriendo sus angostos caminos con la bruma espesa. Un atardecer en la austera guest house envuelta en nubes, una ducha caliente y una cena casera para terminar mi ensueño del día.

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En mi camino pregunté por el Yeti y entre sonrisas los foráneos me decían que no existía. Me hubiese encantado encontrar una gran historia del Yeti, de aquellos abobinables hombres de las nieves, cómo buena crédula de mitos y leyendas, pero no hubo suerte. De todos modos, terminé este hermoso y largo camino en el techo del cielo, sintiéndo la plácida vida de los/as auténticos/as hombres y mujeres de las nieves, de los/as sherpas que viven en los Himalayas y disfrutan diariamente cada amanecer y atardecer glorioso, de cada camino encontrado, de cada silencio vacío o roto…

Los Annapurnas, remanso de paz y sosiego, traen la serenidad necesaria para saber que la temida niebla que acecha en el camino sin dejar vislumbrar el destino, no es más que un gran telón de nubes, no es más que el cielo, esperando desvelar el gran espectáculo del final del mundo, o acaso, del final de un hermoso sueño. Desde el final del mundo, desde el final de un sueño, desde el cielo, desde las nubes, vuelvo.

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Una respuesta a “El Yeti o el abobinable hombre de las nieves, los Annapurnas y las nubes

  1. ¡Joo Belinda!, de verdad que lo que cuentas es hermoso y lo tuyo es verdadero arte. A mi también me ha pasado algunas veces y es que he disfrutado tanto recorriendo el camino, que no quieres que se termine el viaje ni llegar al llegar destino que me había marcado.
    Besos Benito.

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