Kathmandú, la “Vipassana” y los límites de la imaginación

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Este iba a ser el último tramo de mi andadura que me ha tenido embelesada recorriendo Asia durante 14 meses de viaje, cual deseo concedido. Nepal brotaba entre las nubes de los Himalayas, arropado por la amada India y el anhelado Tibet, y abrazaba conmigo por fin el techo del Mundo. Pizca hinduista y pizca budista, era sin duda el mejor lugar donde completar mi peregrinaje. Allí podía saborear la India me había enseñado ser viajera, me seducía la idea de tenerla presente para completar el círculo desde tan alto. Y aterrizaba de las colosales China y Tibet, que habían sido desde el inicio el mayor de mis desafíos. Sin duda me esperaba un viaje sin igual: sentir el principio del fin.

Sabía que era el momento de realizar una vipassana para despedir merecidamente a oriente y dar la bienvenida a occidente. Lo sabía a ciencia cierta. Había oído hablar de ella en India, en Tailandia, pero en esos momentos ni se me pasaba por la cabeza el transitarla. ¿Encerrarme 10 días sin hablar en un monasterio para meditar constantemente? ¿Habrase visto de mí? ¿Acaso era capaz de hacerlo si ni siquiera era capaz de imaginarlo? Pero resultó que mi imaginación no tenía límites, solo necesitaba su tiempo.

buda

En Tibet abrí la web de la Vipassana, que andaba guardada desde Vietnam a modo de presentimiento, y busqué información sobre el centro de Kathmandú. “Courses”, “enter”… Oh my God! Vi que todos los cursos vipassana estaban “full” desde hacía la tira. ¡Qué fatalidad! ¡No podría hacerla!

Pero la ventura te coloca en el camino ciertas máximas que merecen ser recordadas, así que mi amiga Raquel, poderosa ella, me dijo al escuchar mis quejas con una seguridad aplastante: “Estoy convencida -esto lo dijo con una i relaaaaarga-  de que  -en modo enérgico- conseguirás una plaza, así que contacta con ellos.” Así lo hice. Les envié un mail explicativo del propósito, pizca de biografía, cucharadita de anhelo, lo justo de tabarra con un punto y final poderoso: “May be I need a miracle for entry in this group (and I believe in the miracles) but finally, if there is one vacant, please, remember me”. Y así fue como en un día me confirmaron plaza.

Aterricé en Kathmandú después de perder dos aviones, cosas que pasan, y volar desde China a la fronteriza Nepal pasando ni más ni menos que por Malasia y pernoctando en el suelo del aeropuerto de Kuala Lumpur una vez más. Bendita moqueta. Llegaría a la ciudad de noche, compartiendo un minitaxi ilegal con dos españoles monitores de rafting, anegada entre las tres mochilas, tropecientos de neoprenos, cascos, remos y hasta la mismísima canoa.

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La pequeña Katmandú, una de las capitales asiáticas con más encanto, dibuja sus estrechas calles repletas de historia con estupas ataviadas de banderas budistas, ciclo rick-saws, felinos de piedra, templos en cada esquina, retahílas de gente abajo y arriba, bindis, ojos de Buda, sadhus tiznados, tenderetes y aromas a comida. “Bullicio del bueno” -pensé-, así que decidí reposar en ella y su gran valle mientras esperaba el inicio de la gran vipassana.

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Bodhnath (11)Thamel, el centro neurálgico de Durbar Square, freak street, el templo de los monos de Swayambhunath, los crematorios hinduistas de Pashupatinath, la tibetana Boudha Stupa, cada paseo me trasladaban pasmosamente al comienzo del documental Baraka que desde años atrás alentaba mi camino.

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El valle de Kathmandú, en el interior de los Himalayas, está cosido a cada lado por otras ciudades cual tapiz recortado. Patán, Bhaktapur. Qué serenidad pasear por sus decanas calles observando la vida tradicional de sus gentes. Vida en estado puro.

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Vipassana es la técnica de meditación que utilizó para iluminarse Sidartha de Gautama, más conocido como Buda, y que enseñó hasta el final de sus días hace más de 2.500 años. Como la humanidad es un poco desmemoriada, con el paso del tiempo la técnica pasó al olvido. Pero quiso el destino seguir la profecía y que se mantuviese intacta en la remota Birmania, transmitiéndose pura de maestro a maestro hasta que, hace unos pocos años después de miles, volvió a ver la luz mundial de manos del maestro Goenka.

Significa “ver las cosas tal como son”. Hoy en día muchos/as son las que la practican en todo el mundo. Yo la hice en la ladera de los Himalayas. Gratuita, se aprende en un curso de 10 días con un estricto código de conducta moral: abstenerse de matar (incluso insectos), robar, mentir, tener actividad sexual o tomar drogas durante el curso. No se puede tener ningún tipo de comunicación durante todo el periodo de formación, véase hablar, leer, escribir… Finito. Tú sola contigo misma sin distracciones.

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Diariamente te levantarás en silencio infinito a las 4 de la madrugada al son de un gong repetitivo para sentarte en el suelo, siempre en la misma almohada, un monto de 12 horas practicando el dharma de Buda, casi nada. De ahí dos horas de meditación seguidas del desayuno al amanecer, tres horas más sentada para comer a las 11, por supuesto todo vegetariano, cuatro horas más de espalda en escuadra y un té con fruta al atardecer para terminar con las tres últimas horas meditabundas, sin duda las más arduas. A las 9 de la noche termina la jornada y en solo media más las luces se marchan.

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El entrenamiento sigue tres pasos en diez días. El primer paso es la auto-observación de la respiración, manteniendo la atención en cómo entra y sale de las fosas nasales, que permitirá calmar la mente y la hará más aguda. Tres días. El segundo es auto-observar las sensaciones de cada parte del cuerpo, experimentando su impermanencia, ya que todas surgen y desaparecen, y desarrollando la ecuanimidad no reaccionando ante ellas: no asignando dolor o placer. A partir de entonces debes mantenerte inmóvil durante 1 hora en tres momentos del día determinados. Seis días. El último día se ejercita la meditación del amor benevolente, o como yo la llamaba jocosamente en mi silencio el “meta-amor”, que desarrolla la buena voluntad hacia todos los seres vivos desprendiendo nomás radiaciones de amor.

¿Y qué ocurre cuando practicas el dharma de Buda correctamente? Qué vas rompiendo con todos y cada uno de tus sankharas del pasado y acabas con el sufrimiento. Conectas con tu inconsciente en su lenguaje y tu mente se equilibra. Así, automático. Doy fe de ello.

No puedo de decir que la vippasana fuese fácil, por que no lo fue. Doce personas abandonaron el encierro en los primeros días, incluso uno se escapó la primera noche. Levantarse en la oscuridad de la fría noche de las montañas del Himalaya para clavar la espalda a modo de aguja en el suelo perennemente, sentir pies, piernas y manos dormidas y mantenerlos quietos, ver como el cansancio se apodera del cuerpo y la mente se dispara, el largo silencio… hace falta mucha determinación. Pero lo que sí puedo decir es que todas las personas son capaces de conseguirlo simplemente si creen en ello. Al final es solo eso.

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Estaba preparada para el inicio del fin, para sumergirme, sentirlo y no reaccionar ante él, simplemente dejarme llevar y crecer. India, Sri Lanka, Tailandia, Vietnam, Myanmar, Filipinas, Malasia, Indonesia, China, Tibet y Nepal. Cada país transitado me ha hecho aprender sobre la vida en mayúsculas, sobre las gentes, las culturas, creencias, la felicidad, los poderes, la bondad, la maldad, el alma, la madre Tierra… y me ha mostrado una parte de mí a cada debido momento.

Este ha sido un largo y prodigioso camino del que he aprendido grandes cosas que aún no sé y pequeñas cosas que aún ando descubriendo. Mi hermosa sonrisa en India, mis olvidados dibujos en Myanmar, mi mundo submarino en Filipinas, mi princesa dragón en Indonesia, mi coraje en Tibet, mi determinación en Nepal…. Sé que soy más fuerte, más valiente y sobre todo más libre de lo que jamás imaginé. Solo necesité el justo tiempo.

Nepal, último país de este caminar es un arte olvidado, me enseñó a saber que soy capaz de hacer todo lo que sea capaz de imaginar, cerrar círculos, unir puertas y abrir caminos. Cada paso, cada mirada nueva, cada huella, habita ya en mi y libera mi destino. Pasado, presente y futuro.  Mi imaginación vuela. 

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2 Respuestas a “Kathmandú, la “Vipassana” y los límites de la imaginación

  1. ¡Gran post, como siempre! Sin duda los echaremos de menos, igual que ya te echamos de menos a ti por estos lares… ¡Ojalá que tus pasos continúen por otras tierras para poder seguir inspirándonos a los demás como tan bien sabes! Un abrazote, guapa.

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