La tumba del emperador Qin Shi Huang, el elixir de la inmortalidad y los guerreros de Xian

Guerreros Xian (94)Por fin la gran China. Toqué Xian y ya la primera noche la pasé en la calle. Acostumbrada a marmotar en todos los aeropuertos del mundo hasta poder coger el primer bus de línea, en Xian cierran sus puertas a la noche, así que nos mandaron a mí y una chinita que nos hacíamos las remolonas, de patitas en la calle hasta las 5 de la mañana que volviesen a abrir. La noche no era nada placentera fuera, llovía, hacía frío y una espesa bruma apenas dejaba vislumbrar nada… pero por más que pedimos a los guardias que se apiadaran de nosotras, no había nada que hacer, aquí si dicen no es no.

Aproveché para hacerme amiga de la china, Amy, una jovencísima estudiante de no sé qué que hizo de profesora por un rato, me dio mi primera lección de chino mandarín y me preparó unos cuantos papelitos escritos para no liarla. No sería la única que me echaría un cable. Al día siguiente entre bostezos las dos marcharíamos a nuestros destinos en el primer autobús de la mañana.

Siempre he sabido que iría a conocer Xian. He leído la historia tantas veces que ya estaba embelesada con ella antes de llegar. El protagonista de la historia, Qin Shi Huang, el primer emperador de China de la dinastía Quin, fue todo un personaje hace más de dos milenios.

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El tal príncipe Zhen tomó el trono a los 13 años, siendo aún un chaval, allá por el 246 a.C. y en las dos décadas posteriores unificaría una ristra de reinos en guerra, los comunicaría con calzadas, construiría la primera versión de la Gran Muralla y estandarizaría monedas, pesos y medidas en China. Grandes logros a grandes costos, pues fue un rey déspota y autoritario, como viene siendo tradicional en estos oficios o lares. Pero quizá se le recordará más por su obsesión a la muerte. Le atrapaba la idea. Ofuscado por la idea de morir, durante décadas recorrió Asia buscando el elixir de la inmortalidad. Por supuesto no lo encontró, aquello debía ser un cuento chino de la época y finalmente topó justo lo que no quería, muriendo en una de esas búsquedas a la edad de 48 años. Y es que, a saber, uno o una solo puede ser inmortal hasta que se muere, no hay más que esa.

Llegué a la ciudad amurallada y extrañamente fui capaz de llegar al “hostel” por mi cuenta recorriendo los 2 km que lo separaban de la parada del bus. Aquello era sin duda otro mundo, otro código, cuadrado, cerrado durante cientos de años a los ojos de occidente. Yo llevaba preparados mis papelitos en chino para la primera de cambio y es que moverse “free” en China es de lo más complicado. Todo está escrito básicamente en chino, lo que a ti te parecen dibujitos indiferenciables, con lo deja de existir el lenguaje escrito y pasas a ser una completa analfabeta a la que apenas nadie es capaz de entender.

Una taza de café al llegar al “hostel” y unas largas charlas con las chicas que lo llevaban me hizo aterrizar en China. El dueño no disparaba ni una en inglés, pero las empleadas sí. Les era curioso ver a una mujer viajando tanto tiempo sola y me preguntaban sobre mi vida, mi familia, mi viaje… y sobre cómo hacía para hacer lo que quería. Aquí la vida es muy diferente y su libertad como mujeres es relativa, no funcionan nuestras mismas normas. Muchas eran hijas únicas. Recordé aquella clase de antropología en la facultad donde se nos hablaba sobre la política del hijo único y las mujeres ausentes en China; recordé también el documental  “Las habitaciones de la muerte” sobre los orfanatos en China. Lo tuve presente cuando las oí hablar de sus, sus anhelos, esperanzas y vidas y fui prudente.

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Cuenta la rumorología china que Qin Shi Huang ya a los 13 años empezó a idear su tumba, un palacio subterráneo que le llevaría toda una vida erigir y desafiaría a la mismísima muerte o quizá a la idea que él tenía de ella. Si por alguna de aquellas le fallaba el plan A para conseguir la inmortalidad, tenía un plan B que le aseguraría su reinado en el más allá. Todo un tipo listo.

En el interior del palacio fluirían replicas de mercurio de los ríos azul y amarillo a través de colinas y montañas de bronce. El techo estaría incrustado de piedras preciosas que representarían los astros y el firmamento. Tesoros, joyas, instrumentos musicales, libros antiguos… Su tumba sería una transcripción del universo donde enterrar todas las maravillas del mundo.

Dicen que para impedir su profanación hizo colocar un monto de armas letales como mercurio venenoso, trampas explosivas o ballestas automáticas. No se sabe a ciencia cierta, puesto que la cámara mortuoria aún continúa cerrada, pero las modernas pruebas realizadas en el montículo donde se encuentra la tumba han revelado una cámara subterránea de cuatro paredes y altas concentraciones de mercurio, dando crédito a parte del cuento chino.

Con esas, puso a trabajar a 700.000 obreros durante la tira de años para edificar el dantesco palacete subterráneo, obra que se detendría sin finalizar un año después de su muerte allá por el 209 a. C., puesto que muerto el perro se acabó la rabia.

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A la mañana siguiente, ya más ubicada, emprendería los 35 km que separan Xian de la Tumba del emperador Qin Shi Huang. La conductora del bus era una mujer y decenas de mujeres conducían vehículos públicos por las calles de Xian. Vería incluso una cambiando una rueda de la moto. Me sorprendió.

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Una retahíla de tiendas me hizo saber que había llegado a mi destino. Dentro, miles de chinos y chinas aguardaban para ver aquellas enormes naves repletas de historia y en permanente excavación durante tres décadas. El palacio subterráneo aguardaba durmiente un kilómetro y medio más allá de las fosas.

Dos milenios después de los hechos, en 1974, unos campesinos que excavaban un pozo en busca de agua para sus regadíos cerca del monte Li, aquel que se decía protegía la tumba del emperador  Qin, encontraron algo así como una especie de guerrero. La leyenda pasaba a ser realidad. Este sería el primero de 8.500 más, todos a tamaño natural, pintados, diferentes y únicos.

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Tres grandes fosas con un ejército que escoltaría la tumba del emperador Qin en su viaje al otro mundo envuelven el palacio subterráneo del Monte Li.

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La primera contiene 7.500 guerreros de terracota en posición de batalla, una recua de caballos y algún que otro carro de combate de la época, todos vigilantes ante su tumba. Cada soldado iba armado con arcos, lanzas y espadas verdaderas, pero a la caída de la dinastía Qin los campesinos saquearon la fosa y se apoderaron de las armas.

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La segunda fosa contiene unos 1.000 guerreros y cuadrigas de caballos, muchos de ellos aún sin restaurar. Cuatro años después de la muerte del emperador, un ejército rebelde saquearía e incendiaría esta fosa, que construida sobre vigas de madera, se vino abajo destrozando gran parte de las figuras.

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La tercera fosa contiene 69 guerreros y 4 caballos y es conocida como “la fosa de los generales”. Se cree que representa al estado mayor del ejército.

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Luego marché hacia el monte Li. Hoy en día es un gran parque por el que pasear y caminar sobre donde dicen está el palacio subterráneo. No hay intención de abrirlo, bastante trabajo tienen ya con los guerreros, llevan ya 30 años y lo que les queda.  Por ahora de la tumba solo han excavado dos fosas más donde buscan restos y evidencias de lo que allí ocurrió 2.000 años atrás.

Imaginé las jornadas de trabajo, los obreros, los pasadizos, la gran ceremonia final, el selle de la tumba… quizá dejarlo durmiendo ahora es un regalo para generaciones futuras y quizá el resto de la historia duerme también por descubrir.

El primer emperador Qin Shi Huang murió buscando el elixir de la vida eterna y quiso enterrar con él todas las maravillas del mundo. Extrañamente, en toda la historia no aparece ni una sola mujer, ni una figura entre miles, permanecen ausentes, solo hay tesoros, hombres, guerreros, generales, arqueros, guardianes… y quizá no has más vida eterna que la que por naturaleza genera la mujer.

En el pasado, las niñas chinas eran ahogadas frecuentemente nada más nacer, debido a la predilección profundamente arraigada en China por los hombres, a los que les corresponde mantener el linaje familiar. Hoy en día en el siglo XXI, muchas niñas chinas continúan siendo “extirpadas” de sus raíces y para ser adoptadas por todo el mundo.

Pero no solo esas mujeres desaparecen en China. La política del hijo único que comenzó en el 79 no hizo más que acrecentar el problema de la diferencia de género impulsando a las familias a someterse a abortos selectivos en función del sexo. A ellas se les llama “mujeres ausentes”, aquellas que no han nacido por la discriminación.

La brecha en los/as recién nacidos/as se ha venido ampliando desde 1980. En solo dos décadas se han contabilizado más de 9 millones de mujeres ausentes y se prevé que para el 2050, habrá 30 millones más de hombres entre 20 y 50 años que mujeres. No sé qué futuro le espera a China sin sus mujeres.

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En el mundo del patriarcado, en el mundo del cuadrado, de los grandes y despóticos emperadores y de los miles de valerosos guerreros parece no haber espacio para las mujeres. No son ellos los guerreros, los que batallan a la muerte y los que desean conseguir la inmortalidad. Sin mujeres no hay elixir. Son ellas las guerreras, las guerreras de Xian, la joven estudiante que duerme en la calle, las chicas del “hostel” que anhelan otra vida, la conductora del bus, la del taxi… a todas los millones de mujeres chinas les deseo, al menos, la vida eterna.

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