Java, los volcanes y las entrañas de la Madre Tierra

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Volcanes. Quizá unos de los lugares que más mitología, historias y miedos entrañan en la historia de la humanidad. Venerados como dioses por aztecas, incas, vikingos, griegos, romanos… no hay volcán activo que no esté rodeado de ofrendas y sacrificios o de leyendas que narren las proezas, dominios, deseos o cóleras de la Madre Tierra. Aún recuerdo allá en Arequipa, edén de volcanes peruanos, a la pobre momia Juanita, llevada al cráter en sacrificio y muerta de una garrotada antes de ser congelada por el frío de la cumbre. Bendita ella para sus paisanos, allí fresquita moró en el cráter durante años y años.

Conectados con las entrañas del planeta como si de su útero se tratase, el volcán es la representación de la energía vital en estado puro, fuego, fuente destructora a la vez que creadora, metáfora del cambio, un puente a lo profundo, a lo sacro, al lugar donde mana el magma o la sangre dorada de la Tierra.

Las culturas que con ellos convivieron conocían el poder que trae consigo semejante abertura al interior del planeta y se rindieron ante su autoridad y lo que representa: destrucción, creación, cambio. No hay otra, aunque a veces al ser humano se nos olvide. No seré yo la que no sepa de que clase de poder estamos hablando.

Indonesia es una tierra de volcanes encendidos, el país mayor número de cráteres activos del planeta con un historial de 1.171 erupciones documentadas. Un lugar repleto de agujeros, de puertas al submundo, aquí todo fluye irremediablemente. Sus gunungs o “montañas de fuego” nos recuerdan que el planeta sigue vivo, despierto, en constante evolución y que nada nunca podrá detener ese movimiento. Es Ley de vida.

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Una de las historias que resuena en nuestra memoria colectiva es la del cataclismo volcán Krakatoa. La crónicas del momento publicaron que la Tierra explotó literalmente el 27 de agosto de 1882.

Por aquellos entonces, este volcán, que habitaba la isla de Krakatoa, entre Java y Sumatra, hizo saltar en pedazos la isla (tres cuartas partes fueron arrancadas de cuajo) hasta que finalmente acabó engullida bajo el mar. El cráter, arrojó rocas incandescentes a 20 km de altura, generó una columna de cenizas de 80 km y liberó una energía equivalente a 7.000 bombas atómicas de las de Hiroshima. Pedazo de explosión aquella.

El estruendo de su destrucción fue el sonido más alto registrado en la historia de la humanidad. Sus 4 explosiones fueron tan “heavies” que se oyeron en Australia a 5.000 km de distancia. Pero no solo eso, fueron seguidas de 4 devastadores tsunamis con olas de 40 metros que acabaron con la vida de miles de personas, destruyeron 295 ciudades y llegaron a alcanzar la costa de la vieja Europa. Aquella erupción oscureció el cielo de todo el planeta durante años, Nueva York, París… a la vez que produjo impresionantes puestas de sol en todo el mundo durante los meses posteriores. Dantesco espectáculo.

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Medio siglo después de la hecatombe surgió otra isla volcánica en su lugar, llamada ahora Anak Krakatau o Hijo de Krakatoa, que sigue creciendo a razón de unos 5 metros por año. Algunos/as geólogos/as aseguran que algún día el pequeño estallará quizá con la misma virulencia que su padre. Seguramente, al fin y al cabo corre por ellos la misma sangre.

Con semejantes historias de tremendos agujeros en el mundo, tenía que llegar a  ver alguno de ellos. La isla de Java está situada en el “Anillo del Fuego del Pacífico” por lo que es prolífica en “volcanos” como los de las películas, y qué volcanes, oh my God! Iguales que aquellos que aparecen en los reportajes y que crees que realmente son fugaces y no existen verdaderamente o que son altamente impracticables. Nada más incierto.

El elenco elegido para la ocasión lo conformaban el explosivo y terrremoto Gunung Merapi, el más que divino Bromo y el sulfurado ardiente Kawan Ijen, como si de un reparto de peli se tratase. En este capítulo de mis periplos asiáticos volvería a estar acompañada. Tres volcanes para tres radiantes mujeres: Laura, Patri y Mónica, llegadas desde el viejo continente para visitarme y conocer las entrañas y los mensajes que les aguardaba la Madre Tierra.

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El primero de los volcanes, el Gunung Merapi o Monte de Fuego, situado a 28 km de Yogyakarta, con 2.930 metros de altura es el volcán más joven e impetuoso de toda Indonesia, casi permanente activo desde hace cientos de años. Cada 10 o 15 años se pone en marcha y de qué manera.

Y es que a cada explosión le sigue un terremoto. Recientemente, en 2.006 entró en erupción y la actividad volcánica causó un terremoto en el que 5.000 personas perderían la vida y 200.000 sus hogares. En 2.010 volvería a entrar en erupción y solo debido al revoloteo de gases y rocas incandescentes perecerían más de 350 de personas. Evacuadas 320.000 personas de los alrededores, fue seguido por un terremoto y con su consiguiente tsunami que causaron también más muerte y destrucción en la zona.

La ascensión a la cumbre del Merapi está estrictamente prohibida desde 1.994 así que solo se puede contemplar desde el quinto pino. El quinto pino, a 8 km del volcán, se le llama Kaliurang y desde él las cenizas flotantes del cráter apenas dejan entrever la silueta del enorme cono.

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Rodeado de los pueblos sepultados bajo los vestigios y las antiguas lenguas de magma y lava que hoy en día rebrotan silvestremente, sus miles de habitantes fueron desalojados de sus casas y los/as que tuvieron suerte, recolocados/as en otras de protección oficial fuera de la zona de exclusión.

Son muchos los que, quizá sedentarios de costumbres, se empeñan en volver a sus antiguos hogares, a sabiendas que el volcán cada década la lía. Tal vez si vives en estos lugares uno o una nunca puede saber dónde acecha el peligro, si desde el cielo, la tierra o el mar, así que quizá optan por sentir sus raíces y convivir con la Madre Tierra allí donde sus ancestros lo hicieran.

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A unas 12 horas en furgo, desde Yogyakarta hasta Cemoro Lawang, se encuentra el divino volcán Bromo, sin duda el más importante de todo Java. El Gunung Bromo o Dios Brahma es el Dios hindú creador del Universo. Situado a 2.329 metros de altura en el Parque de Bromo-Tengger-Semeru, su paisaje lunar de sobrenatural belleza es quizá uno de los panoramas más preciosos y surreales que jamás he visitado. Tres volcanes emergen en una caldera de10 km de anchura, rodeados del conocido árido Mar de Arena. Lenguas de arena azotan a aquel o aquella que se atreva a cruzar sus límites y emprender su camino hacia el Dios Brahma y hacia la colosal abertura de la Madre Tierra.

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A orillas del Bromo el templo hinduista Pura Luhur Poten organiza la ceremonia anual “Yadnya Kasada” que dura todo un mes. En ella, cada día 14, las gentes de los alrededores suben el cráter como antaño con el fin de hacer ofrendas y sacrificios al Dios de la montaña. El origen del ritual se encuentra en una leyenda local del S. XV.

“Cuentan que durante el principado de Tengger, su Rey Joko Seger y la princesa Roro Anteng al no poder tener descendencia, suplicaron ayuda de los dioses de la montaña.  Los Dioses se la concedieron bajo la promesa que que el hijo 25 debía ser arrojado al volcán como sacrificio humano. 24 hijos nacieron y con el nacimiento de siguiente niño, llamado Kesuma, se cumplieron ambas promesas.” La leyenda le recuerda al ser humano que cada final de ciclo requiere un sacrificio que permitirá volver a empezar cíclicamente otra vez.  Saberes universales.

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Después de su última eclosión en 2011, el Bromo continúa en fase de erupción por lo que no hay palabras capaces de recitar la sublime belleza de su humeante cono. Emprendí la subida y allí permanecí merodeante, embobada, observando la mismísima luna en la faz de Tierra, espiando a hurtadillas los remolinos y ondonadas de arena, atónita, sentada en la comisura de su boca que, como buen indonesio, fuma cigarrillos y sin parar resopla, esperando vislumbrar sus tripas que entre los vapores se arropan.

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Tres furgos y 8 horas más de viaje separaban esta colosal visión del siguiente volcán, el Kawah Ijen, que a 2.800 metros de altitud se eleva entre tres volcanes más en la Meseta del Ijen. El activo Ijen contiene el lago ácido más grande del mundo conocido en el interior de un cráter. Oh my God una vez más.

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Este volcán, popularizado después de aparecer en el documental televisivo de la BBC Planeta Humano, es ascendido diariamente por 200 mineros indonesios que, por unos 5 euros al día, extraen del lago el tóxico azufre con sus manos y lo transportan en pesadas cestas de mimbre durante 3 km a la central del Pultuding Valley. Y pude ver como el ser humano es a veces sencillamente extraordinario. De ese azufre saldrán cosméticos, medicinas, fertilizantes e insecticidas que cómo no, harán ricos y famosos a sus dueños poderosos. Así se crea un emporio. Mis más sinceros respetos a estos invisibles mineros, que honrados luchadores y sin honores, no aparecerán nunca en las portadas de páginas de finanzas o emprendedores. A los otros, ni olerlos.

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Tres horas caminado en la oscuridad de la noche bastarían para ver amanecer y vislumbrar la despampanante belleza de su cráter, semejante árido agujero anegado por un enorme lago sulfuroso turquesa. El destino y tránsito de mi viaje me volvería a dejar boquiabierta y me embelesaría en sus inmediaciones una vez más, perdida en su enorme y sobrenatural universo espacial. Gran lugar para recibir, ver, sentir o escuchar.

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En su borde, se pueden ver los árboles arrasados por el clamor del sulfuroso cráter, dibujando retorcidas escenas, acurrucados entre su espeso vapor. Una pedregosa rampa avisa del peligro que entraña el azufre y baja al fascinante lago. En sus orillas y entre sus tinieblas, una descomunal mecha de azufre amarilla parece que prende y enciende la Madre Tierra, tanto que los seres humanos a su lado, minúsculos, se desvanecen.

El lugar te transporta a un más que extraño paisaje épico de ensueño. Quizá el cosmos sea algo así, o el cielo, o el inframundo, o qué se yo una vez más. No son ilusiones pasajeras, no son fugaces o inalcanzables. Existen caminos a esos extraños y fantásticos lugares solo si apartas tus miedos y escuchas los mensajes que te depara la gran Madre Tierra.

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Aunque a veces a creamos que nuestro mundo está dormido, que yace, que no hay nada nuevo bajo la capa del sol, es solo una ficción más de nuestra mente, solo lo parece. Nada está realmente quieto, varado, tan solo espera el momento para poder “volar” desde el interior y transformar aquello que parece inmutable. Es Ley de vida, nos lo enseña la Madre Tierra.

Quizá en el tránsito escupa humo, gases nocivos, rocas cuando no lenguas de mar o fuego y modifique lo que le venga al paso. No importa, solo son cambios. Algo nuevo que dormía en el interior verá por fin la luz y quizá algo viejo pasará a sumergirse en las profundidades del planeta hasta quién sabe. Así son las cosas. A veces para que el mundo pueda ver el atardecer más hermoso jamás imaginado necesita pasar antes por lo que parece ser una gran hecatombe. Volcanes del mundo, encenderos.

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