Tana Toraja: las Tongkonans, los búfalos y el día en que me muera

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Si hay una etnia en que el momento más importante de su vida es la muerte, funeral y posterior sepultura es sin duda la Toraja. Oh my God! Qué festivales se pegan al morirse. No habrá celebración mayor en su vida que la de su muerte. Qué ironía, pero así lo viven. Llamados comúnmente “Tator” por vivir en la tierras de “Tana Toraja” o tierras altas de la isla de Sulawesi en Indonesia, los Toraja son una etnia indígena que posee una enorme tesoro cultural que traspasa ya fronteras, tanto que es archiconocida en el mundo entero y de tal modo que ahora su economía y futuro depende por suerte o por desgracia de dicha antropológica fama.

Aunque ahora religiosamente la etnia Toraja se ha reconvertido al cristianismo o al islamismo, muchas de sus antiguas creencias animistas unidas a los rituales de muerte se mantienen y continúan conformando la parte más vital de su cultura. Entierros multitudinarios, sacrificios y masacres de búfalos, cánticos, danzas, sarcófagos colgantes, banquetes populares, construcciones megalíticas, nichos de bebés dentro de árboles, efigies de sus muertos, cuevas cripta talladas… la muerte aquí se presenta en un amplio abanico de posibilidades.

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A Tana Toraja llegué después de 7 interminables días de viaje. En ellos crucé la frontera de malayo-indonesia por mar hasta la isla de Tarakan para coger el pelni, ferry típico indonesio de esos atiborrados de gente y mercancías hasta los topes, donde navegaría tres días en su denso sótano en “economy class”, junto con cientos de familias, bebes, pollos, humo de cigarrillos y pilas mercaderías que obstruían todo lo obstruible o no, daba igual. Moverse en el laberíntico barco era trepar, escalar, brincar. Barato, barato pero “hard, hard”. No apto para “westerns”, de hecho la única blanca yo. Viajaríamos perfectamente 4.000 personas en él. Por supuesto el aforo “legal”, si es que eso existe allí, no llegaría a los 1.000. Pero eso mejor fue pensarlo desde tierra firme, en las costas de Sulawesi.

Cuentan que la primera casa tradicional o tongkonan fue construida en el mismísimo cielo y cuando descendió a la Tierra el primer antepasado Toraja, imitó aquella casa y llevó a cabo una gran ceremonia, que aquí les gusta mucho eso de ceremoniar. Estas casas tradicionales, normalmente conforman familias extensas, dibujan y modelan todas los edificios y las aldeas de la región, hasta las iglesias. De madera tallada y decoradas con motivos geométricos en rojo, amarillo y negro llamados Pa’ssura (o escritura) expresan sus conceptos sociales y religiosos.

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Las creencias Toraja se recogen en el Aluk Para Dolo o “Camino de los Ancestros”. Desde su cosmología, el mundo está compuesto de tres partes: arriba se encuentra el mundo celestial cubierto por un techo arqueado en forma de cuernos de búfalo, en medio la Tierra o el mundo donde vive la humanidad y abajo el inframundo o mundo de los animales, representado por un espacio rectangular rodeado de pilares. La similitud entre cosmología y arquitectura es sin duda del todo simbólica.

Los preciados búfalos de agua les acompañan tanto en el más aquí como en el más allá. Sin duda, el enorme, fuerte y cándido búfalo de cuernos reclinados es quizá el animal que mejor representa al pueblo Toraja. Negros, dulces y peludos, verlos retozar en el barro es una auténtica delicia. Es un animal tan dócil que sus cuernos viajan hacia atrás de modo que ni siquiera podrían embestir con ellos. La evolución de la especie no podía haberlos caracterizado mejor.

Dibujo Filipinas - Bufalo

La familia que los posee es del todo afortunada, ya lo creo, ya que la pacífica bestia es el motor de la economía agraria. Para los Toraja es símbolo de prosperidad y es vital en su cultura. Sus fuerzas se ocupan del campo. Sus cuernos dibujan sus edificios o tongkonans. Sus iconos decoran sus tallas. Sus astas acumuladas y cráneos se exhiben en las entradas de sus casas, cual tótem sagrado. Y sus vidas se unen en sus caminos hacia la muerte.

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Nada más llegar a Tana Toraja me enteré de que en Sangalla había un entierro. Me moría por ver uno y este era de una señora de ni más ni menos 117 años. Con tropecientos hijos, nietas, biznietos y rebiznietas, a la familia no le había resultado del todo difícil recaudar el dinero suficiente para “sepeliorrio”, y supongo que a esa edad no les pilló por sorpresa. Le dirían: “viejita, que puedes morirte ya cuando quieras, tú no te preocupes que tenemos la pasta para el entierro y los búfalos”. Y allá por abril la señora pereció y procedieron a amojamarla hasta la ceremonia.

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Y es que para la gente Toraja da igual cuando te mueras, tu entierro será cuando la familia pueda conseguir la pasta para la gran celebración, puede ser meses o años después de tu defunción y normalmente se celebrará entre los meses de julio y agosto, vamos, como para los westerns las bodas. Para ellos la muerte no es algo repentino, es un proceso gradual en el que se viaja hacia el “Puya” o la Tierra de las almas y con esa ceremonia se inicia el camino.

Mientras, el cadáver esperará en casa junto a los suyos, en la tongkonan, amojamándose en un ataúd esperando el gran día, mejor dicho, esos cuatro grandes días de ceremonia. La familia preparará un lugar llamado rante con estructuras suficientes  para acoger a las personas invitadas venidas de toda Tana Toraja, campos, graneros de arroz, comida… Todo un festival.

Como sabía que a estos sitios se llevan presentes y que está muy mal visto ser rácano, compré azúcar y tabaco, artículos aquí muy preciados y me dispuse a emprender mi camino a Sangalla. Me costó llegar lo suyo, llevaba cerca de una hora y media en moto por una vereda y allí nadie sabía decirme dónde redemonios era la ceremonia. Había gente que me decía que sí era allí, otros que me decían que no, muchos sólo sonreían, alguno que me indicaba que seguro era en Suaya… así que al final cogí a un chavalito que me decía que sí había ceremonia en Sangalla y le dije que subiese a mi moto y me acompañase al sitio exacto. Menos mal, sino allí no llego ni muerta.

Acompañada por locales que me rodearon nada más llegar, me acerqué a la familia, que vestía de negro riguroso, para obsequiarles con mis presentes, ser gentil y cortés como marca la tradición. Ellas encantadas, me lo agradecieron y me ofrecieron silla en un tongkonan, té y dulces tradicionales que yo por supuesto no rechacé. Allá donde fueras haz lo que vieras.

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Llegué justo en el momento de la masacre de búfalos. Oh my God! Diez búfalos de golpe. Los rodeaban y a machete limpio, ríos púrpura. Horripilante para mí si he de deciros la verdad. Adoro a estos animales quizá de un modo distinto a los Toraja. Pero no nos equivoquemos, no son mejores nuestras fábricas “carnificadoras” y la electrocutación o degüello de animales en cadena, simplemente son más invisibles a nuestra mirada y quizá no salen en los grandes documentales.

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La primera ceremonia documentada por antropólogos/as y la National Geographic fue también en la aldea de Sangalla allá por 1972. Fue a la muerte de un líder y acudieron de golpe y porrazo ni más ni menos que 400 “westerns” al evento, a saco, cual rave. Cómo somos. Masacre a tope, más de 30 búfalos seguro, tropecientos cerdos y pollos. En aquellos tiempos televisivos en el que el hombre viajaba parece ser en directo a la luna, el evento llegó a retransmitirse en varios canales de televisión europeos, como si de fútbol se tratase. Hoy seguramente solo llegarían a la siesta de la dos. De ahí los Toraja saltaron al estrellato y desde ese momento miles de “foreigners” acudirían a visitarlos.

A los cerdos se los habían cargado un poco antes y sólo se veía las cabezas apiladas a un costado. Las miré de reojo y agradecí no haberlo presenciado, sentido u oído, que con los búfalos ya tuve bastante. Comenzaron a despellejar a los animales, cada tres o cuatro hombres un búfalo, sacaban las pieles, tripas, cuarteaban sus carnes y dejaban sus cabezas esparcidas en el campo a espera de su dueña para emprender el camino al mundo de las almas. En una hora todo finiquitado. No puedo decir más.

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Las personas invitadas llegaron a la ceremonia desde toda la región y religiosamente aportaban sus presentes para el gran evento, de los que se llevaba un riguroso recuento en una especie de taquilla a la entrada del rante. Allí no se escapaba ni Dios. Ojito que se anuncia por megafonía el monto de lo regalado, de tal manera si alguien ha sido roñoso en su aportación quedará del todo ridiculizado. Es imperdonable, tal y como ocurre en las bodas westerns, que ese gran día te regalen algo así como unos “tuperwares”. Como dice el Ensayo sobre el “Don” del célebre antropólogo Marcel Mauss “el ser humano tiene históricamente la obligación de dar, recibir, devolver, nada es gratuito”. Así, si se te donó un búfalo, móntatelo como quieras pero ahora toca devolver lo mismo que se te dio. Es Ley.

El funeral es del todo completo y el festín incluye comida, tabaco, alabanzas, cánticos y danzas. Generalmente se inicia mediante un ritual llamado Ma’badong, en el que los hombres en círculo cantan durante toda la noche para honrar a la persona fallecida. A la mañana siguiente, cogerán las espadas, cuernos y escudos de piel de búfalo, y bailarán el Ma’randing o danza guerrera que exalta la valentía de la persona en vida. Al finalizar todo el mundo marchará en procesión desde los graneros de arroz hasta el rante o lugar funerario. Allí, las mujeres mayores danzarán la Ma’katia mientras cantarán ensalzando la generosidad y lealtad de la persona fallecida. Ya se sabe que estas lisonjas en los entierros son de buena educación.

Al día siguiente vendrá la gran masacre de búfalos y cerdos y decenas de ellos serán sacrificados a machetazo limpio. A más alta alcurnia, más animales masacrados. Para la gente más noble llega a ser hasta más de 30 búfalos, que son enormemente caros claro. La gente Toraja cree que la persona fallecida necesitará los búfalos para hacer el viaje a Puya, al mundo de las almas, así que los cadáveres de los búfalos, incluyendo sus cabezas, se alinean en espera a la persona fallecida para marchar al más allá. Después niños y niñas danzan la Ma’dondan y vendrá una pelea de gallos y el sacrificio de pollos. Por danzas y matanzas no será.

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Una vez ceremoniado y sacrificado todo lo necesario, queda la sepultura, que también tiene su intríngulis. Hay tres maneras diferentes de ser enterrado, si podemos designarlo literalmente así. Una es colgar el ataúd en una peña o acantilado, como los igorot de Sagada, otra es dejar el ataúd en la oscuridad de una cueva o un hueco en las piedras, ya que aquí hay a porrillo y lo más es meter el féretro en una tumba de piedra tallada. A la carta.

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Por si fuera poca parafernalia, se acompañan de tau-taus, esculturas de madera tallada a tamaño natural de la persona fallecida, vestidas con su ropa u objetos personales y colocadas al lado del sarcófago generalmente en un balconcito, para que veas quien allí vive, muere o mora.

Me hinché a ver ataúdes colgantes, cuevas mortuorias, ataúdes en piedras talladas, cráneos, huesos otra vez. Lemo, Londa, Deri, Batutumonga, Pana, Kete Kesu… Cada pueblecito tiene su chiringuito montado con peñas, piedras, cuevas o tau-taus desde la tira.

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Una vez entumbados los féretros, no acaba aquí la historia. El respeto y cuidado a los muertos es algo así como un ciclo eterno. Cada agosto la familia abrirá los nichos, lavará y peinará a sus muertos, cambiará sus ropas y sacará a paseo en su aldea los cuerpos hasta el día en que todo o todos finalmente desaparezcan. Antiguamente embadurnaban sus cuerpos con especias que ayudaban a preservar y mantener sus cadáveres semimomificados, pero ahora, ya modernizados, inyectan formol directamente.

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Curiosamente, a los/as niños/as muertos/as antes de aparecer los dientes de leche, les depara un ritual bien diferente, el de permanecer en el “árbol de la vida”. Los Toraja consideran que todavía son puros, pues ni siquiera pudieron hacer daño a su madre al morder el pezón para ser amamantados sin diente alguno. Así pues estos bebés sin dentición ni maldad, sin destino en la vida, necesitan fluir y volver a formar parte del ciclo de la naturaleza entrando un árbol de la vida.

En algunas aldeas como en Sangalla, Pana o Tampangallo existe este gran árbol. Para ellos/as solo puede ser un árbol de sabia blanca, que asemeja a ansiada leche materna. Amamantados por el árbol eternamente, como si el bebé no muriese, su energía se conecta y fluye constantemente. Un mismo árbol puede llegar albergar más de 30 tumbas en su interior colocadas cuidadosamente para que el árbol no muera.

A cada muerte de un bebé, se abre un hueco en el tronco en dirección contraria a la casa familiar para que no se impida sin querer la “libre circulación energética”, se coloca el cuerpo erguido mirando hacia al exterior enrollado en la sábana que lo arrullaba y se cubre la abertura con ramas y estacas a modo de protección. A mayor número de estacas, mayor casta del bebé. Durante el entierro no se permite hablar. Al finalizar se mata un cerdo negro que se cocinará con bambú para ser comido por los reunidos/as, momento en el que podrán volver a hablar y finalizar así el sepelio.

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Después del estrellato, en 1.985 el Gobierno indonesio designó 18 pueblos y lugares de enterramiento Toraja como atracciones turísticas y como consecuencia, se aplicarían unas normas que prohibirían cambiar sus tongkonans y lugares de enterramiento de sitio. Algunos líderes Toraja pusieron el grito en el cielo, ya que consideraban que sus rituales y tradiciones estaban siendo determinados por forasteros. Seguramente no se equivocaban. Dos años después, el pueblo de Kete Kesu y otras aldeas se amotinaron y cerraron sus puertas a los turistas. Pero este cierre duró solo unos días, como suele ocurrir por desgracia, quizá ahora a los Toraja les cuesta demasiado vivir sin divisas.

Es complicada la persistencia de las etnias o las tribus en el mundo de las grandes religiones y del perverso capitalismo. El estatismo anterior ya no existe. Los Toraja del anonimato marchaban a mitad del siglo pasado a Kalimantan a buscar trabajo para quizá no volver y olvidar sus tradiciones. Desde el estrellato no marchan, pero parte importante de su economía depende del turismo y el negocio anda de capa caída 10 años. Este fue su camino.

El Gobierno impone normas restricciones pensando seguramente en lo que piensan muchos de los gobiernos, turismo y dinero, y como consecuencia el pueblo Toraja perdió parte de su poder de decisión y parte de su cultura. Pero me pregunto qué hubiese sido de Tana Toraja sin su afán de ser escaparate al mundo, de mantener lo que es realmente sólo suyo. Aquí los bloques de edificios no sustituyen a los tongkonans, las funerarias o los caterings a la familia, las “carnificadoras” a las masacres, los cementerios a despeñar el ataúd en un acantilado… su cultura es el motor de su economía.

En Valencia ya casi no quedan barracas, nuestras tongkonans particulares. Estas murieron sin ceremonia. Aniquiladas culturalmente como otras tantas, hace años que fueron demolidas por colocar un centro comercial, un pai, un piso de lujo en el centro o un gran hotel, daba igual, a lo “western”. En su lugar se atrae turistas con un parque de atracciones, una ciudad de hierro, con un circuito de carreras… que decididamente no buscan cultura porque quizá se desdibujó hace ya demasiado tiempo. Esto no es mejor indudablemente. Puede ser que en algunos lugares sólo sea cultura lo que se puede quemar en un momento determinado y desde ahí y por desgracia quizá se permita quemar todo. Enormes tejados de bambú en unos lugares y que en otros fueron barracas de caña, espectaculares, las tongkonan y los muertos descansen en paz.

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