Borneo, los orangutanes y la vida en libertad

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Hace años que aprendí a mirar a los animales con el corazón en vez de con los ojos y quizá eso me llevó a ser irremediablemente vegetariana. Una vez aprendes a ver con él, eres capaz de conectarte con cada ser vivo que miras, ver su alma y ya no hay marcha atrás, es para siempre. Ahora si tengo la oportunidad salvo hasta las hormigas, arañas o gusanos de una muerte segura… He protegido a insectos de ser pisoteados, devuelto peces al mar, girado escarabajos exhaustos, sacado ciempiés de la carretera, curado heridas a perros y gatos, frenado a personas que estaban pegando a vacas o a canes… me es inevitable no intervenir.

He de decir que la única especie que no miro con demasiado buenos ojos es al desdichado mosquito, sobre todo si viene a por mí, entonces lo tiene crudo. Bueno, y a los piojos también, si habitan en mi melena mal asunto, sino pongo distancia y chin pun.

Llegué a la isla de Borneo con la única idea de llenarme el corazón y los ojos viendo y sintiendo animales en libertad. Así que desvié mi ruta inicial de Indonesia hacia Malasia para hacer un alto en el camino en la isla de Borneo y llegar por tierra a la frontera de Indonesia de Tawau-Tarakan.

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Había visto tantos documentales sobre orangutanes, monos narigudos, elefantes, tarseros fantasma, rinocerontes… y sabía que en Borneo era uno de los pocos lugares donde se podían ver y “haber” en libertad, pues yo soy una odiosa de los “zoo-ilógicos” por razones obvias. Solo he ido una vez en mi vida y me pareció un error y un horror, tanto que espero no pisar jamás otro.

Uno de los pocos animales que recuerdo de aquella fatídica visita al zoo-ilógico de la ciudad de San Francisco fue el orangután. Me impactó su expresión de absoluta desolación y tristeza en sus ojos, atrapado en un cubículo de cristal, sintiéndose continuamente observado y acorralado por el ser humano, queriendo ser invisible en una selva de juguete. Me pareció una escena cruel que sé que muchos/as de los presentes no eran capaces de sentir o percibir, quizá porque aún no habían aprendido a mirar. Seguramente es desde ese día el que le tengo un afecto especial a los orangutanes.

Un animal tan magnífico secuestrado de su mundo de por vida, él y sus generaciones venideras, metidos en una jaula o en un bunker translúcido constantemente observados sólo para que los humanos podamos verlos de cerca. De locos. Una bestialidad más de la especie llamada doble veces “sapiens”.

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Orang Hutan significa en malayo “persona del bosque”. Comparte el 96% de la carga genética con el ser humano y posee un alto nivel de inteligencia. Es algo así como nuestro primo en la rama filogenética. Es el mayor mamífero arborífero del planeta y llegó a habitar en todos los bosques del sudeste asiático aunque hoy solo quedan en las islas de Borneo y Sumatra. Desgraciadamente se teme que los pocos especímenes que aún viven en libertad no logren sobrevivir a la pérdida de hábitat constante provocada por la deforestación, a fin de plantar carreteras, talar árboles, vender madera, suelo o todo o que genere pasta. Ya no se respeta ni a la familia.

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En Sepilok en se encuentra el Centro de Rehabilitación de Orangutanes de Sepilok (SORC), uno de los cuatro que existen en el planeta y quizá el más importante y el que aparece en muchos de los documentales sobre orangutanes que todos recordaremos.

La reserva da acceso a una jungla protegida de 25 kmdonde llegan pequeños orangutanes huérfanos y orangutanes adultos rescatados de la vida “doméstica o no salvaje” para ser puestos en libertad después de un periodo de enseñanza o de adaptación.

Los orangutanes, con el periodo de crianza más largo del reino animal, necesitan vivir cerca de 7 años con su madre para aprender todo lo necesario para sobrevivir en la jungla y eso es mucho. Buscar alimentación para su dieta vegetariana, trepar por los árboles ya que viven en sus ramas, hacer un plano mental del bosque, identificar las plantas medicinales de las venenosas… sin madre las crías están perdidas. Allí se les acoge y libera junto con el resto de orangutanes cuando están preparadas para la vida adulta. Quizá lo más importante para su supervivencia es la habilidad para la braquición saltando de rama en rama, algo que eres consciente cuando los ves recorrer la jungla saltando de árbol en árbol, verdaderos funambulistas a 30 o 40 metros de altura.

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El SORC está abierto a visitantes con el fin de sensibilizar acerca de la importancia de la conservación de esta u otras especies en su hábitat natural y, aunque no es posible ver a las crías por razones obvias, existe una plataforma en la jungla donde dos veces al día se da de comer fruta a los orangutanes que consideren acercarse al lugar donde se les puede observar. Además existen 5 km de senderos por el interior de la reserva donde pasear y con suerte, avistar alguno más en las alturas. Me sentí privilegiada una vez más. Precioso verles libres y admirable ver el trabajo de otros/as para con ellos/as. Hermosa iniciativa que reconcilia con el ser humano.

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Mis ojos seguían ansiosos por llenar más mi corazón de animales en estado salvaje, así que no había que desperdiciar ni un segundo mi paso por Borneo. A unos 250 km de Sepilok se encuentra el Río Kinabatangan, el más largo de la región de Sabah y cuyas orillas bañan la jungla donde viven numerosas especies el libertad: orangutanes, elefantes pigmeos, tarseros fantasma, monos narigudos (endémicos de Borneo), macacos, serpientes o cocodrilos… Me venía casi de paso hacia la frontera de Indonesia, así que fui de bus en bus para llegar a Sukau, una pequeña aldea donde poder coger una barca y remontar río arriba.

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El último bus me dejaba a 43 km de la aldea, demasiado para hacerlo a pie con la mochila, así que me dispuse a hacer auto-stop con una encantadora pareja austriaco-francesa de “cincuentañeros” que también recorría un año Asia a lo mochilero. No quedaba otra.

Ya en la aldea decidimos hospedarnos en una “homestay” para conocer más de cerca la cultura “orang suai” y de paso inyectar dinero directamente a las familias locales. La mayoría de gente paga barbaridades por un “pack” en el que le llevan en “prived car” a un “resort” y hacen un “tour” por el río. Ni si quiera pisan la aldea y el dinero no llega a la gente local. Demasiadas comillas. La sencilla Balai Kaito de Ezall y su familia nos acogieron estupendamente y pactamos con un amigo pescador de la zona recorrer el río dos días y avistar animales en libertad. Todo dependería ya de la suerte.

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El Río Kinabatangan era conocido anteriormente como el “Río Negro” por la oscuridad de sus aguas en las habitan serpientes y cocodrilos. No apto para el baño, al simple roce de la palma le seguían decenas de golpes atestados por sus peces que querían saber ver qué era eso o acaso a qué sabía. Cuida. Sus orillas están anegadas de decenas de salvajes macacos, monos narigudos o monos plateados, lagartos, pájaros pescadores o pájaros submarinos, serpientes mangrobe, anguilas, megainsectos requetearcáicos… Todo un espectáculo.

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Navegaba yo sumergida por la inmensidad del río escuchando a Ezall narrar la historia del poblado que yacía anegado justo debajo, cuando algo rompería la calma habitual del día.

“Cuenta la leyenda que años atrás en este mismo lugar, no existía el Río Negro sino una pequeña aldea ahora sumergida y de la que aún de vez en cuando se pueden ver sus cucharas flotar. Una gran boda tuvo lugar aquí y durante 7 días y sus 7 noches se festejó bailando sin parar al son de gongs. Pero quiso la desdicha que en el último día, un hombre, emborrachado ya de tanto festival, tocase un gong con el brazo amputado de un orangután. Un anciano, al ver la salvaje escena, detuvo la fiesta sabiendo que no haber respetado al orang hutang traería problemas a la aldea. Y así fue como poco después, cual maldición, comenzarían las lluvias y el Río Negro inundaría con sus oscuras aguas el lugar hasta nuestro días.”

En ese justo instante, el pescador comenzó a gritar nervioso “¡orang hutan, orang hutan!” y puso dirección rápida hacia una arboleda cercana a la orilla. Allí, en la copa de un árbol, estaba una madre orangután y su cría en libertad. Grande. Tomamos tierra y fuimos silenciosos para observarlas mejor sin interrumpir la escena. La cría nos miraba con nuestra misma curiosidad infantil. ¿Quiénes éramos? ¿Seríamos similares? Y fui capaz de ver en sus ojos la serenidad de la vida en libertad, nada más lindo de ver, sentir o acaso imaginar.

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Ojalá existiese una especie de liga de superhéroes o superheroínas que se dedicasen a rescatar a los animales de los zoos, circos o jaulas para devolverles a su hábitat, que se llevara al oso de Berna, al orangután de San Francisco, al tarsero de Bohol, al tigre de Jesulín y a otros cientos de miles que viven entre rejas privados de su libertad.

Una liga que ayudase a salvar el Mundo haciendo que supervillanos y archienemigos de los animales abrieran los ojos y los pudieran ver con el alma. Eso sí son superpoderes. Pero ni si quiera hay comic que yo sepa. Irónicamente para esto aún son invisibles. Debería existir aunque sólo fuese ficción. El primer paso es imaginarlo.

Ojalá animales, orangutanes, hermanos, sientan los ojos humanos.

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