Los Igorot y los ataúdes colgantes de Sagada

Sagada (8)La muerte y su simbología es quizás uno de los aspectos más diversos, ricos, controvertidos y misteriosos del ser humano. Está claro que no es lo mismo morirse para una persona hindú, budista, cristiana o una indígena cualquiera… parece ser que a cada uno le aguarda un destino final, o al menos ellos/as eso creen.

Los rituales son tremendamente variados: para los y las hindues el difunto se quema y se tira al río, en algunas tribus asiáticas como los Ibaloi los cuerpos se momifican, en Occidente se entierra o se apila para abaratar costes, los hay que meten los cuerpos en el interior de los árboles como los Toraja, incluso hay que los cuartean y los dan a comer a los buitres como en los entierros aéreos del Tibet… hay tantos, que hay para morirse.

En algunos se llora, en otros se ríe, los hay con celebración rápida y en otros se está hasta meses celebrándolo, se les coloca en posición fetal, acostados, reclinados, atados, derechos… Pero todos buscan lo mismo, acompañar a la persona fallecida y facilitar a su alma marchar allá donde a cada una le toque ir. Cojan número.

De los muertos y sus caminos, mil maneras y direcciones: los hay que mueren eternamente y desaparecen de la faz de la Tierra, como los ateos, hay quienes se marchan a reencarnarse sin quererlo, como los malos hindúes o budistas, otros tantos dicen querer reencarnarse en el sexo contrario en otra vida, algunos se encaminan a la vida eterna amén, otros aguardan en el purgatorio esperando a ser juzgados, hay quienes van a morar a la isla de enfrente, como los Trobiand, los peores parece ser que van de cabeza al inframundo o arden en el infierno eternamente y hay algunos que literalmente van al cielo, como los Igorot.

Sagada (9)

Igorot en tagalo significa “gente de la montaña”. Son la etnia de las tierras altas filipinas de la zona de Cordillera en la isla de Luzón. Pueblos indígenas que viven de la agricultura en pequeñas plantaciones de las terrazas de Ifugao  (como Banue, Batad, Bontoc… ) y que conocen el arte de dibujar y tallar las generosas montañas desde hace más de 2.000 años.  Y lo hacen así de bien.

Batad (15)

Provienen de antepasados malayo-polinesios y eran conocidos por ser tremendamente guerreros y “cazacabezas”. Menudos eran cuando alguien se metía con ellos y no miraba el pescuezo. Zasca! Le cortaban la cabeza y la exponían como trofeo para que todos pudiesen verla. Decían que las cabezas les otorgaban los poderes y la esencia del vencido. Toma ya. Ese rasgo cultural, por suerte, lo han perdido, y no hace tanto, sino mirad esta foto del museo de Bontoc.

Sagada (4)

En la aldea de Sagada, desde hace más de 2.000 años los y las Igorot cuelgan a sus muertos en ataúdes encaramados en las montañas para que lleguen fácilmente al cielo, donde viven las deidades. Desde esos lugares los muertos pueden observar y velar por sus familias, y si tienen suerte les enganchan una silla al lado del féretro para que puedan salir, coscarse de todo y descansar en paz ante semejantes vistas. No es broma. Menudo no-lugar.

Sagada (26)

Los más pragmáticos aseguran que lo hacían por ahorrar espacio de cultivo y por proteger los cadáveres de los animales carroñeros, pero allá cada uno que piense lo que quiera.

Esto fue lo que me hizo marchar allí, emulando una vez más a Iker Jiménez y su “nave del misterio” de Cuarto Milenio. Cogí mis bártulos, llegué entre las montañas a Sagada, y bajé al “Echo Valley” uno de los lugares donde se acumulan los ataúdes colgantes. El acceso es bastante fácil si sabes donde aguardan los féretros, que normalmente andan escondidos y encaramados en las peñas. Los vi de lejos solo al rato y después de perderme un par de veces los alcancé.

Los busqué también en la zona de Sungong y así me pasé días, escuadriñando con la mirada, buscando algún que otro ataúd. Qué gore. He de decir que encontré de todo: féretros arbóreos abiertos, cerrados, cráneos, clavículas, húmeros… qué se yo lo que era. No solo hay en los peñascos, piedras o acantilados, los encuentras en los lugares más insospechados, en recovecos, grietas y en pequeñas o grandes cuevas.

Les preguntaba a los foráneos si habían “hangings coffins” por allí cerca. La palabrita se las traía y a mí me daba la sensación de estar pidiendo un desayuno “special western”. Oh yes, overthere! Así que me encaramaba entre los arbustos, sendas o terrazas pensando dónde dejaría yo alguien para descansar en paz y en quién me mandaba bajar por ese barrizal que no llevaba a ninguna parte. Ni más ni menos. Y así encontré unos cuantos encaramados. Sorpresa. Detrás de este pequeño agujero encontré unos cuantos apiladitos desde año de la pera.

Hay una gran caverna, la cueva de Sumaging, donde amontonaron cientos de ellos para la eternidad. A la entrada los fueron apilando uno encima de otro e incrustando por las grietas. Yo conté cerca de 130. Allí moran de esta manera. Me pregunto si encaramarlos en las cuevas no tendrá que ver con los terremotos y los tifones de Cordillera, pero ahí queda.

Hoy en día los Igorot ancianos pueden seguir enterrándose como antaño en los alrededores del Echo Valley. La tradición marca que el ataúd lo realiza el mismo difunto antes de morir. Hand made. Solía ser un tronco de árbol vaciado donde colocar el cadáver en posición fetal. Una tapa de madera con dos estacas a cada extremo y xin pum. No hace falta más. A quien corresponda cuando corresponda.

El día del entierro, se viste a la persona fallecida con los colores y telas de su familia para facilitar el reconocimiento en el más allá a sus antepasados, que se sabe con los años la gente se toca de la vista y la memoria. Los dioses piden como ofrenda el sacrificio de 20 cerdos y 60 pollos para este gran día, que no es poco. Los familiares vivos llevan el ataúd hasta el borde del acantilado, esperando en el camino ser tocado por alguno de los fluidos corporales de la persona fallecida, que creen contienen su talento y buena suerte.

Allí lo depositan, con absoluta gran pericia, puesto que hay lugares prácticamente inaccesibles, y más aún si hablamos de llevar y colgar un ataúd de más de 100 kilos en una pared de piedra. Hand made también.

Esta tradición de enterramiento milenaria también se encuentra en otras zonas del planeta como Indonesia y China. La mayor pila de ataúdes colgantes se encuentra, cómo no, en China, en la provincia de Guizhou y fue descubierta hace tan solo 10 años. Más de mil ataúdes cuelgan en un abismo casi inaccesible en orden genealógico, con las generaciones más antiguas encima y las más jóvenes debajo. Menudo árbol. Imaginaos el que lo descubriera, le daría un pasmo. E imaginaos la de lugares que quedarán aún por descubrir, la de espacios invisibles que el tiempo nos va revelando y regalando.

Sagada (78)Todos los días al atardecer, Sagada inunda sus casas, montañas, barrancos, terrazas, caminos, veredas, acantilados… de enormes y vertiginosas nubes que acercan el firmamento a la Tierra. Todos los días al atardecer las nubes anegan las tumbas de los y las Igorots y le traen a su pueblo el cielo y la paz eterna. Como por arte de magia durante miles de años.

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