La isla encantada de Siquijor: las maldiciones, Santa Rita y los árboles submarinos

Siquijor (40)Me gusta leer siempre los sitios que puedo visitar, conocer de ellos. Quizá eso me hace entusiasmarme con una historia, leyenda o con un lugar y no perder las ganas viajar cargada con mi mochila, de pasarme horas en autobuses, ferrys, camionetas o lo que sea para llegar a un lugar después de tanto tiempo viajando. Como por arte de magia. Supongo que sino leyera, no conociese nada nuevo, podría quedarme quieta, dedicada solo a la vida contemplativa, así que siempre me queda esa opción.

“Hace muchos años, cuando la isla de Siquijor todavía no existía sobre la faz de la Tierra, una gran tormenta envolvió la región de Visayas y un fuerte terremoto sacudió tierra y mar. En medio de relámpagos, truenos y centellas, desde las profundidades marinas, emergió una isla que más tarde llegó a ser conocida como la mágica isla de Fuego o Siquijor”.

Así se cree que surgió la isla, de las entrañas del mar después de un gran terremoto, algo poderoso y nada insólito por aquí. Aún hoy los campesinos tropiezan en sus tierras con enormes fósiles de conchas marinas que rememoran su origen sumergido.

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Cuando conocí la historia de la isla de Siquijor me recordó a la de “Lost”, su origen desde las profundidades y sus mitos. Los/as filipinos/as dicen que la isla está encantada, que mejor no pisarla, que es un lugar curanderos y “mangkukulam” o chamanes que se dedican a la “maldición” profesional.

Allí todo está encantado, los árboles, las cataratas, las cuevas… A mí fue lo que me hizo marchar a descubrirla: el poder que se le otorgaba. Y me costó lo mío llegar, tres días estuve esperando un ferry en Taglibarán para que me llevase a la isla pero una vez más no desistí en mi empeño.

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Cuando llegaron los españoles allá por el siglo XVI, la bautizaron con el sobrenombre de la “Isla de fuego” por el misterioso resplandor que desprendía y que provendría de los grandes enjambres de luciérnagas que habitaban la isla.

El nombre de Siquijor se debe a un absurdo malentendido: cuando los españoles se presentaron al Rey de la isla, le preguntaron su nombre, a lo que el rey respondió “si Kihod” (soy Kihod). Así que pensando unos que les preguntaba el nombre del Rey y otros que les respondía el lugar, se quedó con el nombre Siquijod. Más adelante evolucionaría a Siquijor puesto a los españoles les pareció más sencillo de pronunciar y su nombre indígena anterior pasó así al destierro y olvidó. Y es que nos encanta cambiar el nombre de cosas, nos creemos más poderosos. Cosas del imperialismo, colonialismo o modernos salvadores de la humanidad, como se nos presentan ahora.

Recién llegada a Filipinas, en el aeropuerto de Manila, me fijé en el nombre de la señora que limpiaba y relimpiaba los baños y que aparecía en su carné de operaria: Lucinda Obediencia. Me pregunto quién fue el descerebrado que le cambió a su ancestro indígena el nombre y le apellidó “Obediencia”, cual buen sirviente y esclavo, lastre para él y todos/as sus descendientes. Le diría “oye tú, indígena, tú familia os vais a llamar a partir de ahora Obediencia”. Y ellos obedecieron, cómo no.

He de deciros que Lucinda Obediencia limpiaba los baños como si fuese su única misión en el mundo, tal y como marca su tradición ancestral de más de 400 años. Seguramente el españolito de turno se llamaría algo así como “Don Energúmeno de Todos los Tontos”, y si no se llamaba así, ahora se lo cambio yo y listo. Que quede constancia histórica a partir de ahora.

La pequeña isla de Siquijor emerge del mar con aire medieval. Decenas de iglesias antiguas surcan la isla, caserones, torreones, campanas… edificados de piedra y coral y cercados con bambú. Todos y cada uno de los lugares tiene su aire enigmático y sus fábulas de lugar encantado.

Conocí la historia de la iglesia de Santa Rita y la inquietante imagen de su virgen: vestida de negro, lleva en una mano el cráneo de su marido muerto y en la otra un crucifijo invertido, mientras pálida, llora lágrimas de sangre. Todo un poema. Se encontraba al este de la isla, en la aldea de Carmen, en uno de sus pequeños barangays hacia el interior la jungla. Esa imagen tan estremecedora y peculiar en un lugar hechizado requería verla con mis propios ojos y saber más, así que pillé una moto y marché a encontrarme con ella.

La trágica historia de Rita y todo lo que en ella hay detrás, es la de una devota mujer italiana del S.XIV, obligada a casarse con un señor con demasiado temperamento y con el que tuvo dos hijos gemelos.

El marido fue asesinado violentamente en una emboscada entre facciones, a lo Montesco y Capuleto, y aunque ella rogó a sus hijos que no vengaran su muerte, aquellos no la escucharon y murieron más tarde por perpetuar la reyerta. Sola y sin familia, decidió dedicarse a la vida espiritual y entrar en el convento pero las religiosas la rechazaron al convivir en él parientes de la familia de la reyerta y temer con la continuada trifulca.

Finalmente, después de que firmara las paces con la familia, se accedió a que conviviera en el convento. Allí le aparecerían estigmas o heridas sangrantes en su frente que emularían una corona de espinas y que no se cerrarían durante 15 años. Murió después de años postrada en la cama de convento. Pobre, menuda manera de somatizar. Descanse ya en paz.

Ahora Santa Rita mora en Siquijor y es la patrona de causas perdidas, víctimas de abusos, matrimonios difíciles, soledad, viudez, maternidad, enfermedad… no me extraña. Su  imagen en la desangelada iglesia os la dejo a vuestros ojos y elucubraciones.

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Otra iglesia más tarde, descubrí otro extraño monumento: una pérgola con la soca de un árbol dedicado a rogar por los bebes no nacidos. Curioso lugar y curiosa plegaria. Los no nacidos, ¿están vivos o muertos? ¿Lo han estado alguna vez? Quizá no estén ninguna de las dos cosas, quizá naveguen entre dos mundos.

A Siquijor le gusta corretear con la simbología, con la parte oculta y oscura de la vida y de la muerte, con las puertas de entrada y de salida. Quizá en ello reside parte de su esencia.

En los caminos, los cementerios colman sus orillas y las cruces de bambú delimitan lugares sagrados. Los “mangkukulam” o chamanes suelen acudir a ellos para realizar sus maldiciones o “pangontra”. El ritual se llama “paktol” y se realiza durante 7 viernes seguidos siempre en la misma hora, a las 12, con una fotografía de la persona maldecida, un cráneo humano y unas plegarias. Se entierra su fotografía y dicen que la persona hechizada puede llegar a morir si el maleficio no se revierte. Ellos dicen conocer bien el caso a maldecir y no condenar a cualquiera, una especie de justicia divina, si es que existe cualquiera de las dos cosas.

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Y sus árboles encantados. El mayor de ellos, el más viejo de la isla, el más fabuloso y poderoso, lleva a 400 años a los pies de una pequeña laguna, donde sumerge sus raíces, como no podría ser de otra manera. Rememora toda y cada una de las historias y leyendas de la isla entre sus lianas, raíces y ramas. Él lo sabe todo. Verlo es sentir la fuerza que entrama.

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Y mágicamente, decenas de árboles flotantes bañan las costas de Siquijor, de norte a sur y de este a oeste, viviendo entre dos mundos, entre la tierra y el mar, donde nadie los imaginaría, allí están. Su imagen es enigmática y atrapa cual árboles hechizados.

Buceando en el fondo del mar también los vi, danzando sin fin al son de las olas del mar, cientos de árboles submarinos, arrancados de la isla en algún que otro tifón, rodeados de corales, ahora sirven de escondite para los pececillos más lindos e inesperados. Vida después de la muerte, arboles en el fondo del mar.

A la isla encantada le pedí deseos antes de marchar, al viejo árbol, a las montañas, a Santa Rita, al mismísimo fondo del mar…. Creo en la magia, en que hay lugares que tiene un poder especial, como Siquijor o la isla de Lost, en que hay acciones que son tremendamente poderosas, como cambiar los nombres de los sitios o de las personas, a la vez que tremendamente invisibles, en que los símbolos juegan un papel fabuloso en el inconsciente colectivo, escondidos muchas veces detrás de nuestros ojos hasta que podamos o queramos verlos, en reconocer que la magia viaja entre luces y sombras, entre la vida y la muerte, entre el perdón o la justicia divina, entre dos mundos, entre la tierra y el fondo del mar…

Siquijor tiene otro mundo en detrás de sus orillas, ajeno a los ojos terrenales y solo visible a aquellas personas capaces de sumergirse en él y mirar. Nacida de un terremoto desde las extrañas del mar, es una puerta, anega árboles y sepulta conchas, conecta los dos mundos, el de la madre tierra y el conmovedor mar, el de lo áureo y lo profundo, el de lo visible y lo invisible.

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Llegué a Filipinas, hasta el final del mundo, hasta el fondo del mar, y quizá llegue a estar entre dos mundos. Mas allá no se puede, hay que virar, así que en cierta manera, con ella comienzo un retorno, creo que no importa el lugar.

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2 Respuestas a “La isla encantada de Siquijor: las maldiciones, Santa Rita y los árboles submarinos

  1. Viajar esta vez contigo ha sido una nueva ventana entre tantas paredes de hormigón viejo y quemado.
    He mirado con aire misterioso tu nuevo relato, constantemente.
    Gracias.

    Me gusta

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