Nanay Kalikasan: una granja orgánica para el desarrollo de la comunidad filipina

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Conocí a Lluís en Chiang Mai allá por 2011 durante mi viaje a Tailandia. Viajero empedernido de aquellos que un día decidió dejarlo todo, coger su mochila, pegar una vuelta por Asia y lleva ya 6 años. Me encantaba oírlo contar sus historias de cuando compró un caballo para cruzar Mongolia, cuando vivió en la India, sus viajes por China, Birmania… soy una buena escuchadora de historias. Y quizá fue en ese momento en el que yo empecé a sembrar la semilla de este gran viaje, sin saber entonces que un par de años, en cierta medida, seguiría sus pasos.

Estaba entonces a punto de comenzar su pequeño gran proyecto y recuerdo que me lo contaba con una paz y seguridad aplastante, tanto que sorprendía. No tenía formación social, pero sí vocación. Había colaborado con diferentes asociaciones en India, Nepal, Birmania, Tailandia, Filipinas… y de todo lo aprendido surgió su proyecto: quería montar una granja ecológica en Filipinas con la idea de que el dinero recaudado se utilizase para trabajar con los/as niños/as desfavorecidos/as la zona. Tenía ya los terrenos, pero sobre todo lo que tenía era ilusión. Creedme, un proyecto así de la nada, no sale si no hay toneladas de ilusión que compensen el esfuerzo requerido.

Recuerdo que le dije que algún día iría a conocer el proyecto y que yo no decía estas cosas en balde. No sé si me creyó pero me dijo “serás bienvenida”. Así fue, los dos cumplimos nuestra promesa. Dos años y medio después nos volveríamos a encontrar ahora ya en Palawan para conocer más de cerca su pequeño gran proyecto: Nanay Kalikasan.

Logo Nanay Kalikasan

Nanay Kalikasan comenzó a construirse en octubre de 2011, en la zona o barangay de Tanigpa en la isla de Palawan (Filipinas). Los esfuerzos iniciales se destinaron al acondicionamiento del terreno, limpiando las malezas de la jungla, para poder llevar a cabo las labores de labranza, cultivo y plantación de unos 1.500 árboles frutales de diferentes especies, verduras y campo de arroz. Se aplanó el terreno para la construcción de los edificios principales: cocina, casa de voluntarios/as, almacenes y graneros. Todos de bambú. Se construyeron dos canales de agua y muros para su contención además de depósitos donde recoger el agua de la lluvia de la montaña distribuidos por un sistema de gravitación que asegura reservas de agua para las épocas secas. Se distribuyeron placas solares para la abastecer de electricidad a la zona. Toda una hazaña dantesca en ese entorno hostil.

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Lluís cubría los gastos de inicio, ayudado por algún que otro donativo de amigos y familiares. La idea era que la granja pudiese dar empleo a las personas más pobres de la zona y el dinero generado poder invertirlo en la educación de los y las niños/as más necesitados/as. Con los años, el rendimiento de los cultivos aumentaría y podrían continuar creciendo.

La granja se encuentra situada a unas 4 horas en el jeepney local (híbrido entre autobús de línea y camioneta) de la capital Puerto Princesa, así que cuando pudo, no tuvo más remedio que comprar una camioneta para todos los recados que la granja requería. Con ella vino a recogerme a Puerto Princesa. Aprovechó la ida a la ciudad para hacer los encargos semanales y yo me permití el placer de acompañarlo. Se marchaba unos meses a Canadá y necesitaba dejar las cosas de lo más atadas hasta su vuelta.

Tenía que comprar decenas de kilos de clavos para la construcción de un nuevo edificio, material escolar para el inicio de curso de los/as 12 niños y niñas que en este momento la granja tiene becados/as, comida para la granja y, algo de lo más importante en su rutina, buscar “chicken bañu” o lo que es lo mismo, mierda de pollo natural para abonar los cultivos de la granja.

Me hacía gracia porque me daba la impresión que Lluís se sentía un poco como un recadero, siempre arriba y abajo buscando cosas. Comprendí esa sensación. Quizá la gente que trabajamos en “lo social” nos convertimos sin querer en una especie de “conseguidores/as” o algo similar. Y conseguir las semillas tradicionales o la “chicken bañu” le había costado más de un quebradero de cabeza.

Las semillas tuvo que conseguirlas en Tailandia, en un “banco de semillas” naturales que lleva una ONG para la proliferación de las mismas. Me contaba que todas las semillas que se comercializaban en Filipinas y básicamente en todo el mundo están “pirateadas” por una multinacional yanqui llamada Monsanto que monopoliza el mercado, todos los productos específicos que necesitan y lo peor de todo, liquida a la semilla tradicional para reemplazarla por la semilla del copyright. A lo Windows, obsolescencia programada, plagas mundiales…. ¡Habrase visto! Hasta las semillas nacen ya capitalistas.

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Y la “chicken bañu” le costó también lo suyo. Ahora conocía a un filipino que controlaba el mercado de excrementos de pollo. Era un tipo listo: sabía en qué momento cada granja recogía los excrementos, que dependía del momento en que se envían los pollos al “otro mundo” para su comercialización o “capitalización”, que a su vez era sólo un mes después de su nacimiento. Larga vida de pollo programado, que seguro que se pasará más tiempo congelado en un “tupper” que vivito y coleando. Un mes, “caput”, recogida de excrementos y fabricación de nuevos pollitos para su engorde. Y todo se vende, hasta la mierda. Me alegré una vez más de ser vegetariana.

Fuimos a buscar al tipo en cuestión, cogió la moto y nos llevó a una granja. Allí ya no había ni restos de pollos, era ahora una granja desierta que preparaba su nueva ración de pollos programados. El granjero rellenó la camioneta con decenas de sacos y cargados hasta los topes de mierda, clavos, material escolar y comida, nos fuimos hacia el barangay de Tagnipa. He de confesaros que nunca mi mochila estuvo tan sepultada … como aquel día.

Un par de horas más tarde llegamos al barangay y a Nanay Kalikasan, a 12 km de Sabang. Un camino inaccesible en vehículo separa la carretera y la circulación del valle donde se sitúa la granja-escuela. Se trata de una zona tropical con abundantes lluvias y tifones que hacen difícil mantener un entorno accesible. Necesitan una búfala para subir y bajar productos y materiales pero en estos momentos aún no pueden costearse los 500 euros que vale y desgraciadamente muchos de sus esfuerzos o dificultades van a parar a esta rampa. Como bien dice Lluís, necesitan arreglar la rampa “para que el feng sui de la granja sea el correcto”. Es una de sus prioridades.

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Plantaciones de piñas, bananas, papayas, berenjenas, tomates, calabacines, cebollas… Desde hace poco cuentan también con unos pocos animales: pavos, patos, pollos, cerdos… para la alimentación de las familias que trabajan en ella. La granja en este momento ya tiene vida propia: rutinas, personal empleado, distribución… y Princess, Milo y Charly, dos perros y un gato. Princess y Milo llegaron de la protectora de animales, que es una belga veterinaria jubilada que se ocupa de todos los animales de la zona que puede. Charly llegó un día de la jungla y allí se quedó y es quizá el gato más encantador que jamás he conocido.

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Enseguida me di cuenta del esfuerzo que ha supuesto y que supone tener la granja en marcha. Y sé que han tenido que sortear muchas dificultades. Primero porque mucha de la gente de la zona no sabe cultivar, algo tan importante en un lugar pobre donde básicamente no existe el empleo. Parece que el capitalismo también borró de nuestra memoria histórica esos saberes. Parece ser que también lo tenían programado. Así que la formación en agricultura ecológica pasó a ser parte importante de la granja: enseñar a cultivar. Ahora saben sembrar y si se muere un cultivo, conocen cómo actuar para que no vuelva a ocurrir. Y ahora que saben, pueden llevarse semillas para sembrarlas también en su casa y obtener sus propios alimentos.

Segundo porque las diferencias culturales hay que saber reconocerlas y llevarlas, que las cosas en oriente no funcionan igual que en occidente y más aún en materia de empleo. Pero poco a poco todos y todas han tenido que aprender del otro y responsabilizarse de lo que a cada uno/a le toca o no.

En estos momentos la granja forma y da empleo a unas 6 personas, beca a 15 niños/as de la zona y realiza actividades con ellos/as, así que son unas cuantas las economías familiares que giran alrededor de la granja. Sé que Lluís ha aprendido muchísimo de ella y para ella, mucho más de lo que quizá pensaba cuando me contaba su proyecto con aquella seguridad aplastante. Y sé que quizá muchas cosas no han sido conforme él se lo imaginaba, pero él también lo sabe, reflexiona y aprende de ellas. Y con ello el proyecto sólo hace que crecer cada día. Ese es su kit, ese y su esfuerzo.

Lluís volaba a Canadá en domingo así que el sábado vinieron los niños y niñas a despedirse de él hasta su retorno. Jugaron por la mañana y se quedaron a comer. Era un día especial y prepararon espaguetis con tomate, que es aquí lo que comen “impepinablemente” los niños en fiesta y lo que a España la paella.

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Llovía tropicalmente y se respiraba la extraña mezcla de júbilo por la celebración y tristeza por la partida. Por la mañana jugué un rato con las más pequeñas al “enredos” y después de comer me dediqué a charlar con el grupo de adolescentes. Geniales los/as tipos/as, me encantó hablar con ellos/as. Me contaron que en el barangay a partir de los 12 años cambian de escuela y marchan a otra superior que está a 2 horas por la jungla a pie para ir y otras 2 para volver. Lo hacen todos los días, llueva a no. Pero una vez termina esa escuela, solo queda la universidad, cómo no privada, en Puerto Princesa, que ninguno de podrá pagar nunca. “Miles de pesos – me decían- , imposible”.  Si tan siquiera tienen luz en sus casas para estudiar. No hay salida. Y eso es más que triste.

Yo tuve la suerte de poder acceder a una educación pública y gratuita cuando por clase no me correspondía. Y cambié mi destino. Mi madre no pudo, y quería con todas sus fuerzas, pero su familia no podía permitirse que no marchase a contribuir a la economía familiar. Reconozco esa tristeza, la he visto decenas de veces en los ojos de mi madre y la volví a ver en los ojos de esos jóvenes.

Me encanta aprender, no concibo mi vida sin aprender. Quizá es por eso que me encanta enseñar y disfruto dando clase como una enana. Sé que estudiar y aprender me acompañan y que ha cambiado todos y cada uno de los momentos de mi vida y lo que es mejor, que ha cambiado muchos de los momentos de la vida de otras personas que quizá no fueron tan afortunadas como yo.

Cada vez tengo más certeza de que el acceso a la educación es lo que nos hace iguales, lo que nos hace críticos, lo que nos hace libres… que es la mejor herramienta para la lucha de clases, para acabar con caciques, para guardar como se debe la memoria histórica de pueblos y saberes, para luchar contra los copyright de las semillas o las fábricas de programación de pollos…

La humanidad solo puede crecer en una dirección: en la de todos/as. Ojalá en tierras españolas no dejemos que la educación en mayúsculas desaparezca para todos/as, ahora que caminamos demasiado por el filo de la navaja. Ojalá Nanay Kalikasan continúe creciendo y pueda becar a esos y esas jóvenes que quieren continuar sus estudios superiores. Ojala todos/as podamos cambiar nuestras vidas, ser más libres, destruir a nuestros caciques, recordar nuestras culturas y saberes, fomentar la igualdad y la educación para todos/as… Es así de simple, cualquier otra dirección carece de sentido.

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4 Respuestas a “Nanay Kalikasan: una granja orgánica para el desarrollo de la comunidad filipina

  1. Buscando una experiencia en la que colaborar como la que describes me he topado con esto. Gran historia y gran corazon. Sigue esto en marcha? seria posible ir y proporcionar mi ayuda? estoy buscando un lugar donde ser voluntaria en Filipinas y esto seria una experiencia increible. Puedo proporcionar ayuda fisica asi como educacion para los niños, hablo ingles y español, y sin duda todo lo que fuese necesario. Gracias un saludo!!

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