Myanmar y el río Ayeryawady, un viaje en el tiempo

Ayeryawady River (56)Myanmar, país duro de clima, distancias o estancias era un eterno viaje en el espacio y el tiempo. En él me esperaban largas peregrinaciones, horas sentada en el trasero de una camioneta, prensada sobre sacos de patatas, pernoctada en sillas, en suelos, en la mismísima calle, trayectos de decenas de horas al viejo estilo, a trote de buses y trenes desvencijados… esperas a horas intempestivas y más caminatas de la cuenta bajo un sol calcinador calaban en los huesos y muchas veces en el espíritu y hasta en las entrañas. La recompensa sería un simple colchón en el suelo de un pasillo donde caer vencida, bajo un metálico techo de los que te obsequia de noche, el calor que atesora durante el día. Modernidad y comodidad no existe aún en su repertorio. Aquello era viajar al pasado.

Myanmar me puso en muchas ocasiones al límite de mi fortaleza, de mis emociones, de mi luz y de mi sombra, en los trayectos, en las esperas, en las treguas… nada es aquí en balde, todo te cala de una u otra manera. Transitar en estado puro por dentro y por fuera.

Quizá eso fue lo que hizo que me embarcara en la ruta por el Ayeyarwady o “Río Elefante”, río sagrado de Myanmar. En los tiempos coloniales de Birmania, el Ayeyarwady era conocido como el “camino a Mandalay”. Hoy continúa siendo casi igual como antaño, un gran nudo de conexión fluvialen el espacio y en el tiempo. Dos o tres veces por semana cruza el país, como 100 años atrás. Sentirlo de cerca era un auténtico regalo.

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Cinco días cruzando el país desde Mandalay a Bhamo, casi en la frontera de China, sin modernidades, sin tecnología, sin nada más que hacer más que parar, observar, leer, escribir, pintar, pensar, sentir… escoltada por la inmensidad del agua de semejante río. Solo fluir.

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Cinco días a bordo de un ferry de carga recorriendo el difícil cauce del río en el final de la época seca, al tradicional estilo birmano, duro, al calor, durmiendo en el puro metal de la cubierta, viviendo sin sillas, cohabitando con todo tipo de insectos y ratones, aseándose con el agua del río, comiendo simplemente arroz hervido con col y sopa de río… todo un reto.

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Cinco días viajando sin descanso en el tiempo, intensamente, parando en sus aldeas, viendo las vacas gibadas tirar de enormes carretas, a filas de decenas de hombres y mujeres descargar mercaderías, observando la pericia de los marineros al calcular con varas la profundidad del río y no encallar, compartiendo todo con marineros, lugareños/as, con monjes/as budistas, jugando con los niños, sintiéndome rodeada de supervivientes de la misma vida. No importaba dónde se iba, simplemente viajar.

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Recuerdo semanas antes mi largo peregrinaje hacia Kalaw. Llegué a Taungoo desde Hpa-an después de 9 horas de traqueteo en el autobús de línea y me fui bajo el sol cerca del kilómetro y medio que lo separaba la estación de tren. Allí tenía que aguardar 6 horas más para coger el tren que me dejaría en Thazi, después de 5 horas, a la una de la madrugada.  A las 3 cogería otro tren hacia Kalaw, el lento, el que paraba en todas las aldeas, a rebosar, y me llevaría 9 horas más llegar, para finalmente marchar a pié a buscar alguna que otra pensión rebarata donde caer rendida. Treinta y dos horas. Titánico trayecto que te lleva a titánicas sensaciones de una u otra manera.

En la estación había un canoso perrito durmiendo en la puerta. Aquí ves pocos perros veteranos, suelen ser todos jóvenes y no suelen vivir mucho tiempo para contarlo, así que me alegra saludarles e imaginarme lo que han tenido que batallar para llegar a perros viejitos. Insólitamente me dejó que le tocara, puesto que los perros surasiáticos suelen huir despavoridos ante los blancos más que con los amarillos. Me fijé, le faltaba un trozo de almohadilla de la pata e intuí que la habría perdido con el paso de algún que otro tren. “Qué superviviente”- pensé- .

Dibujo Myanmar - Perro

Me senté y vi a una joven flacucha perrita bajo el banco de espera. Esta me dejó también que la acariciara así que me dediqué un rato a enredar con ella. La saqué de su escondrijo y al levantarla vi que le faltaba una pata trasera. Le toqué el callo y gimoteó, aún lo recordaba. Pensé también en el tren pero cuando escuché los alaridos que lanzaba cuando oyó por megafonía el aviso de un convoy, no me quedó la menor duda, ella misma me lo relató.

Dibujo Myanmar - Perra

No había sido ni un mes atrás cuando pasó, cuando llegó el tren y ¡zas! en un descuido le cortó de cuajo la pata. Ella ahora estaba enfadada y cuando lo sentía llegar le reprochaba lo sucedido. Aullaba a todos y cada uno de los trenes y era así todos los días. Les remugaba. La historia me la corroboró el revisor de la estación de tren, que sabía de todas sus vidas.

La perrita me tocó en lo más hondo, pero verla jugar y saltar con los demás chuchos de la estación apaciguó mis extrañas entrañas de ese momento. Enredé con la recua de perros que había y en un descuido, dibujé a mi par de amigos caninos en señal de gratitud por haberme permitido compartir el rato largo de espera.

Ya de noche, creyéndome apaciguada y llegando la hora para marchar con mi tren hacia Thazi, crucé las vías para cambiar de andén. Al llegar el alma se me partiría definitivamente en pedazos. Vi a un precioso y enorme perro jaspeado acurrucado en el andén comiendo algo. Me acerqué a saludar como a sus paisanos y tras verme, huyó atemorizado serpenteando únicamente con sus patas delanteras.

Con el pavor de su mirada me contó sin querer también lo ocurrido. Había perdido las dos patas de traseras tiempo atrás, sesgadas íntegramente en otro descuido del tren. Sufrió mucho, quizá demasiado, eran la dos. No le era fácil vivir e intentaba protegerse de todo lo que podía, de mí también. Supervivencia pura y dura. No me acerqué, no quise asustarlo más, ya tenía suficiente y quizá tampoco quise que me relatase más su historia. Me marché en el tren y ahora sí, con un nudo en el estomago. Muchas sensaciones que digerir.

Kalaw (21)

Estos tres no serían los únicos, vería muchos más en las estaciones de tren, allí a casi todos les falta alguna extremidad. Así son las cosas y allí se quedan, en su territorio, no marchan, sería absurdo.  Solo corren, saltan y juegan hasta que algún día simplemente desaparecen de alguna u otra manera. Sencillamente viven con lo que les ha tocado vivir lo mejor que pueden.

Myanmar me agitó desde el primer momento que llegué, directo a las tripas, como una flecha. Fue otro viaje. Quizá este viaje tenía que ser algo así. Fluían borbotones, tanto fue así que no pare de dibujar a cada rincón y segundo. Quizá hay lugares y momentos que te conectan con algo diferente de ti que aún no ha aparecido. Te enlazan de manera única con tu alrededor, transforman tu cuerpo, mente y alma en otras más permeable, más traslúcida y te hacen ver y sentir de manera incomparable. Viajas por dentro y por fuera.

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Creo que me gusta exponerme, me gusta saborear el lado duro de la vida, quizá no hay mejor manera de realmente sentirla. Cuando comencé mi largo viaje pensé que con el tiempo echaría en falta mi preciada cama, a mí que me gusta tanto dormir. Ahora sé que me equivocaba, que descanso bien sin mi cama o tan siquiera sin cama, en el suelo. Que vivo solo con lo que hay en mi mochila y aún así me sobran cosas. Viajar por el río era toda una parábola que necesitaba vivir.

Todos y todas necesitamos seguir nuestro curso, como el río, como los perros de la estación de tren, como yo con mi peregrinaje… En Myanmar se es mayor o menor medida superviviente de lo que a cada uno le tocó, nacer en una estación de tren, en una pobre aldea sin medios ni aspiraciones, en un lugar con clima duro, en crecer bajo un sistema de influencias y corruptelas, en estar sometido a tiranía de sus gobernantes… Se sobrevive con lo que se tiene pero eso sí, se vive dignamente. Aquí es ley, sonreírle a la vida. No pude hacer un mejor aprendizaje.

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