Tras las huellas de Buda: reliquias y peregrinaciones

Zwegabin (72)Llegué a Myanmar justo en la víspera del año nuevo birmano, en la Fiesta del agua o “Thingyan”, cuatro interminables días en las que todo el mundo batalla en las calles cargado y remojado de agua. Símbolo de limpieza o purificación y preludio del monzón que ya acecha, imposible no calarse. Casualidades de la vida, cumplía ya 6 meses de viaje y quizá con él cerraba un ciclo e iniciaba otro. Myanmar presentía que cambiaría las cosas de algún que otro modo.

Así que siendo yo una aficionada a la búsqueda de leyendas, peregrinaciones y reliquias budistas (que si el árbol donde se iluminó Shidartha en Bodhigaya, que si el diente de Buda en Kandy, que si un pelo en Mihintale y otro Colombo….) conocí de la existencia otros de dos pelos más y otras dos historias que relatar. Es curioso, antes, cuando imaginaba a Buda siempre lo hacía pelón (falsamente influenciada por el rapado de los/as monjes/as) pero indudablemente debería tener una enorme mata de pelo para ir dejando tanto suelto.

Con el primer día del año nuevo birmano decidí emprender mi camino a la búsqueda del primer pelo que se hallaba en Yangon, en la Botataung Paya. Fue quizá demasiado sencillo, media hora a pie bastó para encontrarlo.

De este templo cuenta la rumorología que hace 2.000 años, mil líderes militares escoltaron las reliquias de Buda desde la India hasta Myanmar. Imagínense semejante pateo de meses los mil con el pelo, menudo despliegue de medios y organización. Así que, en conmemoración a este descomunal séquito, construyeron el templo en cuestión dejando el pelo dentro. No os preocupéis por el estado de conservación del milenario pelo, se encuentra perfectamente bajo el chorro de milibares de centímetros cúbicos de aire acondicionado que hace que lleve una vida más llevadera.

Yangon (102)

Volviendo al templo, estaba abarrotado de feligreses que querían ser los primeros en felicitarle el año al pelo en cuestión. En un lado, repartían comida a todas las personas peregrinas que querían reliquiar, en el otro, formaban cola en la pagoda hueca donde se hallaba dicho pelo. Entré en un laberinto dorado en forma de estrella con el pelo en el eje. La gente hacía una fila rápida para poder ver un nanosegundo aquella urna sobrecargada de ruido visual que no permitiría jamás fijarse el minúsculo pelo. Otra vez más, juraría que lo vi.

Como no vi nada del otro mundo, me dispuse a buscar el segundo de los pelos. Este pelo era algo más inquieto: se encontraba suspendido en el borde de un precipicio en el Monte Kyaiktiyo, sujetando durante miles de años la gran “Piedra Dorada”.

Kyaiktiyo (16)

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“Kyaiktiyo” significa “pagoda sobre la cabeza de un ermitaño”, chocante nombre si no se conoce la leyenda. Cuentan que Buda, en una de sus muchas visitas a Myanmar, le dio un mechón de su cabello a un ermitaño llamado Taik Tha. Algunos afirman que eran solo tres pelos, porque de esta historia mira que hay versiones. El ermitaño se lo dio al Rey Tissa con la condición de que el místico pelo se honrara en una roca con la forma de la cabeza del mismísimo eremita. El Rey aceptó su petición y dado que poseía poderes sobrenaturales al ser hijo de un alquimista y de una princesa “naga” o serpiente dragón, pudo localizar el bolo que se encontraba en el mismísimo fondo del mar.

Reflotado el pedrusco, decidieron trasladarlo en barco hasta las inmediaciones del Monte Kyaiktiyo, donde Buda perdió el gorro, lugar idóneo según ellos para su instalación. De camino, el barco se transformó también por arte de magia en otro bolo que ahora yace a su vera.  Kyaiktiyo (9)

La gran roca del eremita quedó suspendida en insólito equilibrio siglos y  siglos mientras el pelo de Buda lo sostenía impávido, tanto es así que ni los prolíficos terremotos de Myanmar han podido moverla ni un “pelo” del sitio. Créanselo.

Para las personas budistas es un lugar de peregrinaje, así que comencé el mío: cogí un tren a Kyaitko durante 5 horas, de ahí fui una hora agarrada al trasero de una camioneta hasta Kinpun y una hora más en un camión hasta la piedra en cuestión. Aquello era una autentica locura. Era como un macrofestival budista: el “GoldenRock” o algo así.

Ese día, al ser el primer fin de semana del año birmano, 300 camiones subían y bajaban infatigablemente desde Kinpum para poder llevar a todos los/as relicarios/as a ver el pelo y la piedra acróbata. En cada camión subíamos unos 50 y no pararon se subir y bajar desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Vamos, a “cascoporro”.

Decenas de miles de personas subían apelotonadas para quedarse todo el fin de semana fascinadas mirando la equilibrista piedra, hablando con Buda, tocando campanas, encendiendo velas e inciensos, dorando la píldora o la piedra… me encantó el bullicio, sin duda la roca con gente ganaba encanto. Este pelo dicen yace encima de la piedra, o debajo… yo diría que también lo vi, o qué se yo.

A tocar y dorar la funambulista piedra (a los budistas les encanta pegar pan de oro a los lugares sagrados, como si de cromos se tratase) solo podían acceder los varones, fuesen monjes budistas o no. A las mujeres no les estaba permitido: “womans no allowed”.

Tiempo después conocí a un monje budista que se interesó con mis dibujos y hablando de la vida, tema recurrente en los monjes, le pregunté el porqué del asunto en cuestión, de las “womans no allowed” pero solo supo decirme que para los budistas hay sitios que las mujeres pueden y hay sitios que no. Le pregunté si la norma la había impuesto Buda, que ama la igualdad entre géneros, o un varón y me contestó que un varón. Le volví a preguntar que si había algún sitio no permitido a los varones y sí a las mujeres y me dijo que no había y que siguiese pintando que los hobbies traen la “peaceful”. Eso fue todo.

Bueno, llevaba ya dos peregrinaciones buscando reliquias de Buda, siguiendo sus huellas, pero quizá me faltaba algo más auténtico que me pudiese conectar con mi Buda interior de verdad. Me contaron que cerca de Hpa-an, en lo alto del Monte Zwegabin, existe un templo budista al que se accede subiendo unos 4.000 y pico escalones. No sé, muchos, un verdadero pateo. En lo alto, un templo, un monasterio y una dagoba dan cobijo a peregrinos y monos que se acercan a dormir en su cima. Desde ahí se veía cielo y tierra y quizá también a Buda.

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Llegar suponía otro peregrinaje: 5 horas en camioneta hasta Hpa-An, allí otra camioneta los 11 km que separaban Hpa-an de Thit- Cha y de ahí ir a pateo hasta Ohn Ta Pin, aldea que se encuentra en falda del Monte para comenzar la escarpada subida escalón tras escalón. Eso si era una peregrinación, con su parte pizca de sufrimiento y su pizca de reto. Teniendo en cuenta que el mes de abril Myanmar es un sofocante horno y arde de 12 a 16 h, había que trepar rápido y no dejarse asfixiar por el calor.

Me advirtieron que cerca de la cima los monos van a gambear a ver qué te pueden robar y te extorsionan, por lo que mejor llevar un palo para dialogar con ellos en su idioma. Así lo hice, con palo incluido, más peregrinaje imposible.

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De camino me encontré numerosos monjes de todos los tamaños y familias de la etnia birmana karen que subían a peregrinar y honrar a Buda. Cargada solo con palo, mi “sleeping bag”,  agua y pinturas, sufrí lo que tocaba y llegué a la cima antes de que el cielo puramente ardiera.

Jubilosa por el reto conseguido y con una pasmosa vista de las montañas y aldeas circundantes, dejé pasar el día dibujando rodeada de pequeños y grandes monjes y monjas budistas y de karens.

Al atardecer todos/as los/as birmanos/as se fueron con el sol (nunca hubo más blanca que yo) y me quedé sola con los monjes, las familias Karen que los acompañaban y las decenas de monos que aparecieron a comer y beber las ofrendas que los y las fieles habían entregado a Buda. Pedí permiso a los monjes para quedarme a dormir y me lo dieron, además de ofrecerme una esterilla de bambú para el suelo, una manta para el inexistente frio de la noche y una almohada de monje roja granate para mis plácidos sueños.

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Todo lo que veía eran extrañas escenas de cine asiático independiente que me dejaban perpleja. Con la puesta, los monjes comenzaron a orar y cantar delante de la pagoda mientras yo los observaba en la distancia. La noche llegó y los monjes seguían. Los volví a oír a las dos de la madrugada y justo cuando amanecía ahí volvían a estar; fueron sus cánticos los que me despertaron. Me levanté de mi esterilla. El monte estaba envuelto en una gran nube que nos aislaba de la Tierra y nos conectaba directamente con el mismísimo cielo, no existía más que aquel Olimpo en aquel momento.

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Los monos, conocedores de las pautas del monasterio, volvieron a hacer acto de presencia para comer el arroz que los monjes diariamente les brindaban. Comenzaron una lucha encarnizada por conseguir sustento, los pequeños corrían y chillaban, los líderes marcaban, los grandes iban a por los pequeños y así pasaban el rato, cascándose de lo lindo unos a otros. Primates. Casi tan salvajes como nosotros. Me encanta observar a los monos, se aprende tanto de ellos. En casi todos los grupos de monos existe al menos un mono “currito”, manco, sin mano, supongo que perdida entre algún que otro mal salto. Normalmente siempre es pequeño y pocas veces llega a adulto, supongo que por selección natural. Aquí también lo había.

Terminada mi jornada, pletórica, bajé la montaña esperando encontrar en breve otro gran reto, otra gran peregrinación. En el camino a Hpa-an, en Thit-Cha un aldeano se ofreció amablemente acercarme en la moto. Ya lo tenía bien, no le dije que no.

A los seres humanos nos gusta caminar y peregrinar, aunque sea un arte a veces olvidado. En ocasiones es por un pelo, un diente de Buda, una mano de un santo, una copa o un sudario de Cristo… lo que sea, cualquier historia por remota e inaudita que parezca es suficiente. Qué os voy a decir yo, conozco bien esa sensación. Lo que importa es marchar con la única creencia de que poner un pie delante de otro es el camino a donde hayas decidido. Y cuando llegas lo encuentras, sea lo que fuere.

Yo seguí las huellas de Buda buscando no sé muy bien qué y en lo alto del Monte Zwegabin encontré con mis pinturas lo que el budista monje esquivo me dijo, la paz. Seguramente será por eso que aún sin saberlo seguí dibujando por todo Myanmar y quizá también peregrinando.

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