El ritual de “Len Dong” y mundo a través del espejo: música, dioses, médiums y trance.

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Hay ocasiones en las que tienes que perderte para descubrir algo inimaginable. Quizá por eso me gusta desencaminarme de vez en cuando y deambular por ahí. Seguramente, hay sitios en los que no hay otra manera de llegar sino extraviándote.

Marchábamos en bicicleta por Ninh Binh. Era un día lluvioso y tal vez eso hizo que no llegáramos a recorrer con nuestros pedales los 25 kilómetros que nos separaban de una de las grandes pagodas que queríamos visitar. Entre esto, la fotocopia manipulada de un mapa en el que las distancias era pura fantasía y las indicaciones de los lugareños que nos decían que en un par kilómetros divisaríamos un árbol y un camino a la izquierda (y resultó ser todo una larga arboleda), hizo que nuestro destino final fuese ese día otro.

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A cada pérdida, siempre había un vietnamita que nos indicaba que era hacia la derecha y otro que era hacia la izquierda, así que jugábamos al mejor de tres, pero claro, esto nos hacía llegar casi a ninguna parte. Lo probamos de mil maneras, dibujábamos una pagoda en el aire con nuestras manos, lo intentamos pronunciar en vietnamita, repetíamos nuestro destino infinitas veces a modo de disco rayado, les prestábamos nuestro mapa fantasioso marcando el nombre en él, nos pusimos a orar a como en el templo a ver si pillaban nuestro destino… pero ni papa.  Se partían de risa, hablaban entre ellos discutiendo la dirección en cuestión de al saber qué habían entendido y nos decían que por aquí o por allá, pero la pagoda no aparecía y no nos salían los kilómetros y las cuentas.

Ya de vuelta, sabiendo que solo veríamos lo que azarosamente nos topáramos por el camino, me fijé en una anciana vietnamita y lo que parecía ser su nieta que salía de un recinto de lo que también parecía ser una pagoda. Le pregunté con mi particular “vietnamita” si había algo que ver y si podíamos entrar. Ella sonrió y asintió, así que entré a echar un vistazo. Nada más acceder por el pasaje que daba al templo, oí una música a lo lejos que me hizo apresurarme a ver de qué se trataba.

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Delante de un pequeño altar, una docena de mujeres contemplaban dando palmas a una señora que danzaba extrañamente al son de una música. Me senté en la lejanía a contemplarlo sin entender lo que tenía delante y he de decir que estos momentos de incomprensión me chiflan. Una de las ancianas, la que tocaba con dos tacitas de té lo que vendría a ser unos pequeños platillos, se percató de mi presencia y me invitó a acercarme con una silla y una dulce sonrisa. Me uní al grupo y palmeé como ellas.

Por mucho que miraba la escena, no comprendía básicamente nada. La música era extrañamente pegadiza. Había una señora frente a un gran espejo. Ella se miraba en él y se cubría con un gran pañuelo rojo. En ese momento, se destapaba la cabeza y tres mujeres comenzaban a vestirla con diferentes ropas tradicionales. Había maletas y maletas de ropa. La adornaban de mil maneras, la enjoyaban, le ponían siempre un sombrero además de espadas, banderas, cestas… todo lo imaginado. Ella bailaba dando vueltas, encendía velas e incienso, jugaba con las espadas, repartía billetes entre las que allí estábamos, los recogía, se volvía a tapar… Ellas la observan y movían sus manos o daban palmas.

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Estuvimos allí viendo este bucle interminable cerca de una hora. Marchamos con nuestras bicicletas antes de que se hiciese más tarde y oscureciera. Aún sorprendidos/as y encantados/as con lo que vimos, seguíamos el mismo camino de vuelta que por la mañana habíamos emprendido, cuando de repente volvimos a oír la misma curiosa música. Nos miramos y no pudimos remediar el seguir la melodía tal flautista de Hamelin y buscar el templo en cuestión de dónde brotaban las notas.

Otra señora danzarina frente a un pequeño espejo, músicos, señoras espectadoras… Esta vez lo que vimos era parcialmente diferente. El acceso al templo estaba rodeado de numerosos  y grandes caballos, barcos y muñecos de papel. Las mujeres se acercaban con ofrendas a la danzarina quien cubría sus cabezas con una gran bandeja y recitaba para sus adentros yo que sé qué. Luego todas se levantaron, se acercaron a cada una de las figuras de papel recitaron para sus adentros otro yo que sé cuánto y encendieron una gran hoguera para quemar las figuras de papel.

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Marchamos no sin antes probar las galletas de coco que nos volvieron a ofrecer los y las vietnamitas con una sonrisa por acercarnos a contemplar lo que allí sucedía. Solo días después, tras un concienzudo análisis de lo que habíamos visto y una búsqueda por internet del asunto, conocimos y comprendimos lo que allí había ocurrido.

Dentro de la religión vietnamita indígena, o lo que se llama la religión de los Cuatro Mundos (tierra, cielo, agua y bosque), se practica el “Len Dong” o ritual por el que una médium o chaman entra en trance a través de una música invocadora de espíritus llamada “Chan Van”. Con ayuda del espejo, que conecta los dos mundos, la médium es poseída por los diferentes espíritus de las deidades que entrarán en ella en forma de mandarines que bailan con espadas y banderas, minorías étnicas del norte del país que se mueven con sus cestas, príncipes que reparten sus riquezas… Cada posesión viene después de que ella se cubra la cabeza con el manto rojo y las ayudantes descubran qué deidad se ha reencarnado en ella. Este año es el año 4.712 del calendario lunar chino y es el año del Caballo. Tradicionalmente se queman caballos de papel como ofrenda y símbolo de renovación ante los Dioses en el año nuevo.

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El ritual se practica en Vietnam desde el S. XVI pero a finales del S. XX el Gobierno Partido Comunista lo prohibió al considerarlo una superstición hasta que en 1990 levantó el veto y permitió nuevamente su práctica.

En ocasiones la búsqueda de las casualidades te permite estar ahí en el espacio y momento adecuado y la curiosidad te permite investigar lo que tienes delante. En ocasiones las casualidades son causalidades y la curiosidad otra forma más de conocimiento. Quizá sólo hace falta olvidar los mapas, no seguir las coordenadas, girar la cabeza en otra dirección y perdernos irremediablemente de la ruta que tenemos establecida. Quizá y sólo quizá perderse en lugares inimaginables te permite imaginar más de la cuenta y soñar con ellos. Quizá y solo quizá perderse es encontrase. Y seguramente, como dije al principio, hay sitios en los que no hay otra manera de llegar sino extraviándose.

Hue (76)

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3 Respuestas a “El ritual de “Len Dong” y mundo a través del espejo: música, dioses, médiums y trance.

  1. Qué metáfora tan interesante la que tratas en este relato.. todo lo que es afuera es adentro y así sucesivamente.. que buena idea esa de perderse para encontrarse.

    Es impresionante como tu forma de relatarlo me ha hecho sentirme perdida sintiendo a ciencia cierta que acabaría encontrando.

    Enhorabuena Belinda del Camino por propiciar viajes tan alucinantes en nuestras realidades de sofá, rutinas y rotondas.

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  2. Pues sí, con tus relatos vas cosiendo crónicas visuales y sonoras con aspecto de piedras preciosas. Será por tu manera de vivirlas y de contarlas.Gracias, como siempre.¡Y buen camino!

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  3. Excelente, estabamos decidiendo cuantos días estar en Ninh Binh y vamos a dedicar un día mas a ver si encontramos estas mujeres o lo que la casualidad nos ofrezca

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