Dharamsala y el exilio del Dalai Lama

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Finalizaba ya mi estancia en India recorriendo el norte del norte. El invierno del norte es invierno de verdad, nada de eso de “no hace falta mucha ropa de abrigo”. Menos lobos Caperucita. Me había estado pelando de frío desde pasar Kolkata. Un jersey y un poncho eran mis eternos compañeros de viaje desde hacía más de dos meses, sin olvidar mis mallas para debajo de los pantalones, recurso de lo más socorrido. De noche, le sumaba mi cazadora, por eso de que siempre te has de poner algo más encima, aunque realmente la pobre no daba mucho de sí. Sólo con estas prendas pasé todo el invierno. Las lavé de uvas a peras, la verdad, y siempre alternando, puesto que realmente podía fallarme ninguna de ellas.

Con esos fríos llegué a Dharamsala, a los pies del Himalaya, sabiendo que la rasca entraría en su etapa final con una buena despedida. Once horas enlazando a pata terminales de autobús a Phatankot, de tren a Kangra, bús a Dharamsala y bus hasta McLeod Ganj, fueron suficientes para llegar a la ladera de la montaña donde se halla ubicado el Templo que se asimila al Pottala del Tibet. Solo tuve tiempo de buscarme una guest house rebarata en lo hondo del valle cuesta abajo (o cuesta arriba, según se mire) y de cenar una reconstituyente sopa thukpa tibetana. Dejaría el templo para el día siguiente.

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Dharamsala es el hogar del 14º Dalai Lama llamado Tenzin Gyatso. Concretamente en la ladera de McLeod Ganj se encuentra el Gobierno de Tibet en el exilio, su residencia y la de miles de refugiados del Tibet que marcharon de su país desde hace décadas o incluso días. Es otro de esos no lugares que no deberían existir.

Por la mañana el sol me regalaría un bonito paseo hacia el Complejo de Tsuglagkhang. Los/as tibetanos/as hacen la “kora”, un paseo en el que rodean la montaña donde se encuentra el templo, antes de entrar en él. Durante el trayecto ruedan y recitan sus mantras incansablemente “Om mani padme hum”. El camino se dibuja pintado de blanco, acompañado de los colores de cientos de piedras grabadas en tibetano y banderas budistas. Yo como ellos/as, haría este camino prácticamente a diario.

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A mitad del camino encontré un pequeño templo o santuario rodeado de mantras donde la historia del pueblo tibetano me volvió a sorprender. En él se encontraban tres enormes paneles cada una de las fotografías de los cerca de 100 tibetanos y tibetanas que se han inmolado en China desde la crisis de 2009. Recordad los controvertidos Juegos Olímpicos de Beijin 2008. Así la inmolación se ha convertido en la forma de protesta desesperada de los últimos años para las personas tibetanas descontentas con el Gobierno Chino y no cesa.

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Me paré a mirarlas una a una todas las fotografías. Creí que todos y cada una de ellas se merecían mi tiempo. Muchos eran muy jóvenes, no llegaban a los 20, otros monjes, empleados, modernos, universitarios, hombres, mujeres… había de todo. Me llegaron al alma y mientras los miraba, inevitablemente, mis ojos empezaron a llorar. Creo que fue toda una señal de mi sincero respeto hacia este pueblo.

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Luego marché hacia el Tsuglagkhang que, rodeado de militares y fuertes medidas de seguridad, me hizo no olvidar el conflicto. Al fin y al cabo se trata de la casa del Dalai Lama, la sede de su Gobierno en el exilio y ya está secuestrado el 11º Panchen Lama Gedhun Choerki Nyima, desde hace cerca de 20 años.

Entre en él y la austeridad y sencillez del Templo y sus estancias me reconciliaron. Nada que ver con él Vaticano. Quizá no tiene mucho sentido para un budista tibetano en exilio construir un gran templo que le haga olvidar el suyo ocupado. Y quizá tampoco haga falta más que un acogedor espacio de conciliación y reunión.

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Mi llegada me regalaría un par de días soleados para caminar seguido de tres días donde no pararía primero de llover y luego de nevar. Cambió el panorama, se hizo todo blanco y ahí sí que me helé de verdad. Estos días me sirvieron para recogerme en casa y conocer a una vecina, Silvia, española también, que trabajaba 3 años como voluntaria con los/as exiliados, y a sus amigos tibetanos, los cuáles regentaban un garito de los de toda la vida, donde pasar un rato alegre alrededor de una hoguera y olvidarse del frío.

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Uno de ellos me contaba cómo caminó durante 45 días para atravesar toda la cordillera del Himalaya y llegar a la frontera a India. Dormía en cuevas, escondido… él y 30 más. Luego, marchó a Dharamsala, donde las ONG le enseñarían a hablar inglés y el oficio de “tailor” o sastre, tan común en la localidad. El inglés le abrió al mundo y le dio la posibilidad de trabajar.

Dharamsala te recuerda a cada segundo la opresión y ocupación del pueblo del Tibet por China y su lucha por la libertad, en cada pancarta, en cada mural, en cada pegatina, en cada historia…

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A mi llegada coincidió que estaban los/as tibetanos/as tan contentos con España y con nuestra “Jurisdicción Universal” puesto que este febrero el juez de la Audiencia Ismael Moreno había pedido a Interpol que emitiera órdenes de detención para ex presidente chino Jiang Zemin, el ex primer ministro Li Peng y otros tres funcionarios para ser interrogado sobre los cargos presentados por grupos de derechos tibetanos en España. Menudo triunfo. Esta fue la misma “Jurisdicción Universal” con la que allá en el 98 Garzón intentó trincar a Pinochet.

Por unos segundos me llené de orgullo de ser española, pero otra vez más, la cruda realidad de la deconstrucción de nuestro país me dio ¡zas! en toda la boca. Nada más enterarse China de la orden de detención (la misma China que ha comprado deuda española, bussines, bussines o la pela es la pela) puso el grito en el cielo, habló con nuestro Gobierno quien, vía “express” como nos tiene acostumbrados, preparó y aprobó una “Reforma de Ley de la Jurisdicción Universal” para pasar a ser la de la “Impunidad Universal”. Caput.

Claro que, no asustarse, la nueva Ley solo “limita” la persecución de crímenes internacionales a los casos “en los que el presunto responsable fuera español o extranjero con nacionalidad española o residente en el país”.  Eso en un país donde el Gobierno se ha cargado la Ley de la Memoria Histórica y ha dejado en el olvido a miles de crímenes de ciudadanos españoles en la dictadura, esto es todo un alivio. Ah, y otro gran requisito en el país de los grandes y honorables indultos “que el delincuente no haya sido absuelto, indultado o penado”. Descanse en paz.

En Tibet, en España… en todas partes cuecen habas. Hay gente que lucha por sus derechos, gente que elimina los derechos de los otros y gente que plin, que todo le da igual. Según la suma de unos u otros viene la re-volución o la in-volución… Quizá compartimos caminos que no deberíamos. Quizá se nos olvida, visto lo visto.

Yo por mi parte no olvido y aproveché para enviarle una postal de la “kora” en Dharamsala a mi amigo tibetano Tenzin y a su madre, el de los campos de refugiados de Bylakuppe. No olvido mi promesa de que cuando llegue a Tibet les enviaré otra. Estoy segura que al menos les alegrará el día.

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Una respuesta a “Dharamsala y el exilio del Dalai Lama

  1. Gracias por hacer un documento tan claro y conciso en contra de la injusticia y la corrupción moral del actual gobierno español. También ellos son cómplices de que miles de tibetanos sufran lo indecible en el mundo.

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