Vrindavan, la ciudad de las viudas blancas

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Llegué a Agra para ver el esplendoroso Taj Mahal, símbolo del amor eterno de un hombre hacia una mujer pero poco a poco el mito se perdería en la cruda realidad de la mujer en la India, que dista mucho de ser ese amor de cuento de hadas.

Ya sabía desde bien pequeña que a las mujeres en la India cuando moría el marido, se las quemaba junto con él en la pila funeraria, lo aprendí viendo “La vuelta al mundo en 80 días de Willy Fog”, de hecho Romy, la puma, que recuerdo vestía de blanco, era lo que llamaríamos una viuda blanca.

Esta no tan antigua tradición hinduista llamada “sati” consistía en que la viuda se “suicidaba” saltando a la pira funeraria del marido y esto era considerado como el máximo acto de amor que ella podía tener, aunque los matrimonios eran siempre pactados, claro. Esto no ocurría a la inversa, extrañamente los viudos no se suicidaban. Yo me pregunto si una tradición permite libremente a alguien cometer tal acto o si se convierte en una especie de “homicidio social”. Habrá de todo, como siempre en las especulaciones, pero déjeme dudar de la tradición como ejemplo de libertad o del pulpo como animal de compañía.

Esta costumbre milenaria empezó a erradicarse durante la época del colonialismo inglés (esto también lo aprendí de Willy Fog: él rescata a la dama de semejante atrocidad y como buen caballero inglés se la lleva consigo) y está prohibido desde 1987, no hace tanto.

Pero como ya no hay sati, algo hay que hacer con estas viudas, así que la mejor manera de honrar al esposo es casi literalmente desaparecer del mapa, vamos, como si estuvieran “muertas”. Una viuda india debe permanecer en duelo el resto de su vida, olvidarse de los coloridos saris y cambiar al blanco, no llevar joyas y cortarse el pelo para no producir deseo en otro hombre y por supuesto no puede volver a casarse. Su comida debe ser insípida, sin condimentos y carne que pudiesen despertar su líbido. No es bienvenida porque su presencia es funesta: se les considera las culpables de la muerte de sus esposos. Cosas de su karma, parece ser. No creáis que no me recuerda esto al luto de la España profunda que nosotros/as también conocemos. Así que viva el amor.

Y es entonces cuando apareció en mi mapa Vrindavan. Conocí por casualidad de su existencia estando en Agra y resulta que me encontraba sólo a 70 kilómetros de ella, por lo que no dudé en cambiar mi billete de salida de Agra para pasar un día en Vridavan, la ciudad de las viudas por excelencia de la India.

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Ya en el trayecto del norte había leído muchas historias de que si aquí se tiró al la pila sotanita o fulanita en el año de la piripipanda, incluso la de los miles de los suicidios colectivos de las mujeres o jahuar de Chittorgarth. Oh mu God! Ayer mismo leía que en Jaipur, el rey mogol Iswari, viendo que perdía no sé qué batalla, decidió suicidarse deshonrosamente con la mordedura de una serpiente y con esas, sus 21 mujeres se fueron directamente a la pila con él. Esto sí es un “suicidio colectivo”. Ahora tocaba ver la realidad actual y este era otro no-lugar de los que quería conocer.

Resulta que Vrindavan es el lugar donde para el hinduismo pasó la infancia el Dios Krishna. Krishna o el Dios Oscuro, es uno de los avatares del Dios de Visnu. De hecho es la sede de los conocidos “Hare Krishna” y está lleno de templos y ashrams (centros religiosos) del palo. Se cree que quienes mueren en Vrindavan se liberan del eterno ciclo de reencarnación, por lo que es un centro de peregrinación para las viudas, que mendigan en esta ciudad mientras esperan su muerte y con suerte, cerrar su ciclo. Nadie sabe cuántas hay en la ciudad, de unos 60.000 habitantes, pero se estima que cerca de una cuarta parte, unas 15.000 viudas. A porrillo.

Para la cultura india la mujer sola no existe, siempre debe estar acompañada de un hombre, para la nuestra sé que también relativamente. Yo ya percibo su extrañeza cuando me preguntan si estoy casada y les digo que no. Les bromeo diciendo que no puedo cocinar, limpiar, cuidar a mi familia y viajar a la vez, y les explico que en Europa esto común y que a nosotros/as también nos sorprende que aquí se casen todos/as tan pronto y y bla bla bla… Sonríen pensando no se qué para sus adentros. Las mujeres sonríen diferente.

Está claro que bajo la capa de la tradición se esconde el poder y el patriarcado. A los parientes políticos no les conviene que la viuda reclame la parte de sus derechos de propiedad que tienen por Ley, como la casa y la tierra que pertenecían al esposo y a los hermanos de éste. Muerto el perro acabó la rabia y como el perro no se puede matar, habrá que hacerlo desaparecer. A veces incluso la rumorología comienza a decir que si es una bruja o una mujer facilona, para que se le excluya del entorno, se le haga el vacío y deje su casa, su aldea y, con ellas, sus propiedades que pasarán al resto. Hay que matarla socialmente.

Con esto en mi cabeza, cogí un rick-saw para la estación de bus de Agra temprano, situada a unos 6 km. No había buses directos al pueblo así que tuve que ir a Mathura a 60 km para cambiar y pillar un tempo 8 km más, esto es un 3 ruedas más grande que lo petan de gente, normalmente unos/as 13, pero es “cheap, cheap”. En 3 horas estaba en Vrinvandan, con la dimensión espacio-tiempo de la India. Cuando llegué vi que todo eran callejuelas y templos sin centro ninguno, un lío vamos, no me aclaré en todo el día.

No tardé más que 5 minutos en ver a la primera, una anciana, como la mayoría de ellas. Entré en el primer templo que se me apareció y vi unas mujeres cantando. Luego me daría cuenta que eran viudas que se ganan con ello unas rupias para sobrevivir. Me sorprendió también ver en los templos mucho guiri en ashrams seguidores de los “Hare Krishna” estos. Era gracioso porque toda la gente me saludaba en la calle mediante el conocido “Hare Krishna” tan común en España no sé porque extraña razón televisiva. Yo les contestaba “Hareee” con una inevitable sonrisa.

Vería muchas más viudas blancas a las puertas de los templos pidiendo limosna pero me daba la sensación de que muchas andaban invisibles. Desde luego no fue una cuarta parte de la población y muchas de ellas eran ancianas arrugaditas. De blanco sí, pero no todas llevaban el pelo cortado, había por suerte de todo.

Hay una ONG allí que se ocupa de ellas, está claro que sólo de unas cuantas, tiene un albergue, da alimentos y trabaja con ellas el tema cultural del luto y la exclusión, que en la muerte social es lo primordial.

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En mi paseo hablé con algún foráneo y le pregunté a cerca las viudas. Me confirmó su existencia pero me cambió de tema para hablarme de Krishna, que si jugaba por esta zona hace 3.500 años, que si subía a estos árboles, que si esta era su casa, que si era azul y luego negro, que si le picó una serpiente, que si viene por las noches a pasear… De cada 5 palabras que oía en el pueblo una era Krishna.

Las mujeres eran invisibles, entiendo que para los guiris Hare Krishna también: le pregunté a una alemana y me dijo que sabía de su existencia y me habló de Krishna. Me sorprendió que en la Lonely no pusiese nada el respecto, esta también solo hablaba de Krishna.

Hare Krishna es una especie de mantra que atrae a la energía suprema. Ellas la buscan. Espero que la encuentren, las acompañe en el presente y en el futuro, en Vrindanvan, solo se hable de Krishna realmente porque no hay nada más de lo que hablar. Hare Krishna. 

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2 Respuestas a “Vrindavan, la ciudad de las viudas blancas

  1. Conmovedor relato, si les interesa el tema, lean Cenizas en el Rio Godavari, una novela estupenda que trata de las viudas de Vrindavan y el rito del sati en tiempos modernos, de venta en Amazon

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