¡Sintiendo Calcuta!

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Era curioso pero en Sri Lanka echaba de menos la India. Recuerdo que marché allí pensando que me vendría bien un alto en el camino, cambiar de reglas, descansar de los interminables trayectos, del estrepitoso sonido de sus calles, de su caos, de su júbilo, de la inconmensurabilidad de la India… Y fueron quizá esas tres semanas allí las que me hicieron tomar la distancia suficiente para que el poso anterior hiciera efecto en mí, como si de una pócima se tratase.

Expectante por volver, rebosaba vitalidad y emprendí mi trayecto de 28 horas en tren con una alegría inusitada. Llegué al aeropuerto de Chenai aún de noche y sin dormir, fui caminando hasta un tren de cercanías que me acercaría al centro y de ahí hasta la estación central de Chenai con la primera luz del día. Kolkata estaba más cerca.

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El viaje en tren no pudo ser mejor. Dormir lo suficiente para recuperar las horas de sueño y espacio libre para preparar mi retorno. El tren finalizaba en Kolkata y esto no suele ser común, puesto que yo hubiera jurado que aquí los trenes no finalizan nunca y viajan interminablemente subiendo y bajando viajeros una y otra vez. Nadie me había recomendado Kolkata, al contrario, me decían que para qué, que era sucia, no había nada que ver, demasiado grande, que la gente caía enferma allí, pero algo me hacía pensar que era un buen inicio para mi ruta por el norte. Y así sería.

Ya en Kolkata, crucé la ciudad en ferry y busqué el metro para llegar a la zona de Sudder Street, asentamiento de mochileros y de voluntarios/as de la Madre Teresa de Kolkata. Una de esas calles pequeñas y especiales, con gente de todos los lugares y de todas las maneras, un gueto en el mismo corazón de la ciudad. Me resultaba increíble pensar que hace cerca de 200 años esta misma calle era un enorme bosque de bambú donde se avistaba los famosos tigres de Bengala. Nada más lejos de la realidad hoy, los únicos tigres que hay son unos pocos urinarios a la entrada de la calle y a la vuelta de Stuart Line.

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Kolkata, con hoy cerca de 15 millones de habitantes, fue la primera capital de la India británica como buena ciudad colonial creada prácticamente de la nada por los intereses imperialistas. Quizá la idea que todos/as tenemos del “agujero negro de Kolkata”, viene precedido de las muertes de sus colonos, que así lo bautizaron, y hoy continua con una inmensa bolsa de pobreza que vive en sus calles. La trágica leyenda de la ciudad parece que se ha fijado en nuestras mentes, pero todo tiene su explicación. Veamos pues.

A mitad del siglo XX, los problemas políticos con Pakistán y lo que posteriormente sería la vecina Bangladesh, cambiarían quizá la esencia de esta ciudad. Mientras que en el proceso de unificación de la India, las otras ciudades tuvieron un intercambio más o menos equilibrado de habitantes, en Kolkata fue diferente. En 1947 cerca de 4 millones de refugiados de Bengala Oriental llegarían para malvivir en sus suburbios, que difícilmente podrían soportar y absorber esta cantidad ingente de gente. Esto continuó así dos décadas después con guerra entre India y Pakistán que provocaría una segunda oleada de refugiados de la actual zona de Bangladesh.

Esa es su explicación: crecimiento atroz y desmesurado y pasividad del resto que hizo muchas personas murieran de hambre entre sus calles. Las secuelas de aquello aún se perduran hoy en día. Aprendamos de la historia. Hoy tenemos ejemplos similares continuamente en las noticias y quedamos impasibles. Y todo tendrá sus consecuencias, aunque a veces nos queramos a verlas.

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Kolkata navega en una bruma de contaminación que penetra en tus pulmones y fosas nasales hasta el punto de hacerte toser. La contaminación de la urbe se siente y se vive. Dentro de esa bruma muchas personas y muchas familias viven, cocinan, duermen, juegan, se asean, tienden la ropa, guardan sus pocas pertenencias en la misma calle junto con las cabras, vacas, perros, cuervos y demás urbanitas animales… No tienen más.

Las calles se encuentran atiborradas de gente, ruido, coches, basura, gente lavándose en las fuentes, meando en los urinarios de pared cuando no en la misma acera, charlando, vendiendo comida, durmiendo, sacrificando animales, buscándose la vida cómo pueden… Hay tantas historias en cada escena que es imposible poder contemplarlas todas. Pero son magníficas. Todas y cada una de ellas. Vida en estado puro.

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Creo que en ningún sitio he pisado tanta calle como aquí, he cruzado arriba y abajo la ciudad, he llegado tantas veces ya de noche al guest house… Me dediqué un día tras otro a pasear, a hablar con sus gentes, a mirar arriba y abajo, derecha e izquierda, fijar la vista en los balcones, en las conversaciones, ventas, juegos, animales, paseos, discusiones… todo contaba historias diferentes a la que estar atenta.

Pasear por sus calles es entrar en la gran casa de todos y todas. Inevitablemente estar allí es literalmente acceder en las vidas de esas personas, a sus esferas vitales. Es conectar. La ciudad se transforma en una gran comuna. Seguramente tanto han vivido esas calles y tanto han visto que todo allí emerge de un u otro modo.

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Estaba tan bien en esta ciudad que la noche anterior a irme, comenté con una amiga chilena que me hubiera quedado más en la ciudad, pero tenía ya el billete de tren a Bodhigaya. Debía haber caído en la cuenta ya: “cuidado con lo que deseas”. Por alguna extraña razón alojada en mi inconsciente, perdí el tren al no leer bien la hora y no tuve más remedio que alargar mi estancia un día más.

Me reí mucho de mi torpeza pero no lo suficiente, puesto que al día siguiente, habiendo comprado un asiento de bus, me volví a equivocar de la hora, esta vez, doce horas antes, así que ya muerta de la risa, marché finalmente a por los trenes del último minuto que me dejarían otro día más en la ciudad, no sin antes pensar qué faltaba que hiciese para que Kolkata me dejara marchar. Lo tenía, sentarme a pintar en un gath mismísimo rio Hooghly. Lo hice y eso fue suficiente. Aquí mismo.

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Dibujo India - Mujeres

Dibujo India - Niñas

No voy a decir que no he visto imágenes que me han entristecido, las he visto, las recuerdo ahora mismo. También he de decir que creo que el dolor se vive y se siente aquí de forma diferente, como todo en la India. Me asombra la fortaleza de sus personas y de sus animales. Nosotros somos quizá de plastilina rosa. Lo que sí voy a decir es que todo lo que he visto me ha hecho conectar con la existencia humana, con las personas que tenía delante, con sus sensaciones, con sus emociones, con el aquí y el ahora, con la vida y la muerte, con la supervivencia en sí misma… Dicen que Kolkata no se ve sino se siente. Estoy totalmente de acuerdo.

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2 Respuestas a “¡Sintiendo Calcuta!

  1. Belinda, ahora que tengo más tiempo empece a leer tu blog.
    Me ha encantado, especialmente como describes a Calcuta.
    Ojalá que siga todo bien en tu viaje!

    Saludos

    María de Chile

    Le gusta a 1 persona

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