Un paseo entre las nubes para llegar al fin del mundo

World´s End (1)

Continuaba mi viaje por las montañas de Sri Lanka entre las nubes y quizá esto puso la magia que le faltaba al viaje. Marchaba en el autobús de línea a Nuwara Eliya medio sopa, puesto que esa noche los chinches habían vuelto a hacer de las suyas, cuando me percaté de dónde exactamente estaba. Abrí los ojos y me dije: “Hey, no te duermas porque merece la pena haber llegado hasta aquí sólo por ver esto”. Y literalmente me embobé con la escena.

El autobús zigzagueaba entre las empinadas montañas, los bambús, las plataneras, los campos de té, el barro de la carretera… y las nubes se acercaron a invadir y comerse a bocados semejante espectacular paisaje. Estas sin duda añadían magia al exótico panorama. Humeantes, recordaban a los paisajes de las montañas de “Lost” que me acompaña en mi viaje casi diariamente, puesto que 6 temporadas dan para mucho.

En ocasiones es la naturaleza la que te conecta con la Tierra, con el aquí y ahora, es la que te hace ver y sentir la armonía del todo, la paz, lo grandioso del universo. Y te sientes chiquita ante la inmensidad de lo que tienes delante y afortunada de estar allí justo en ese preciso instante.

Con estas, llegué a Nuwara Eliya y llovía a cantaros. Nada más llegar, lo primero comer, me moría del hambre y de paso a ver si paraba la lluvia, que no paró. Después y finalmente medio a ciegas, llegué a un guest house situado a 1 km a las afueras y que sin duda tenía la mejor cama en la que he dormido hasta ahora. Tres generaciones de mujeres llevaban la casa así que decidí quedarme allí pensando que las mujeres se ayudan entre ellas y prefería que mi dinero fuera a sus bolsillos.

Nuwara Eliya (45)

La aldea estaba totalmente tomada por las nubes y apenas dejaban vislumbrar en el entorno de la zona, como si de un secreto a aguardar se tratase. Esto sería así de mágico y misterioso durante el resto de días. Sólo los primeros rayos de sol de la mañana te dejaban entrever las montañas que custodiaban la aldea para rápidamente cubrir el tesoro, con lo que nubes pasarían a ser las protagonistas de las escenas.

Al día siguiente, una de las mujeres, Nelu, me diría lo mismo que yo había pensado mágicamente el día anterior: “las mujeres se ayudan entre ellas” cuando me echó un cable para conseguir que pudiese llegar al World´s End. Ya de noche, me dejó uno de sus abrigos, ya que hacía mucho frío para mi misera chaqueta vaquera, y nos fuimos a buscar conductor para el trayecto. Una hora después, a la luz de la lumbre de un espectacular salón y bajo el calor de la taza de un té local, invitadas por el propietario de un importante hotel (de esos que lo sabes porque sus empleados apenas le miran a los ojos y corren a literalmente a cumplir sus deseos) junto con no sé quién del Ayuntamiento, teníamos el tema solucionado. A las 5.30 h de la mañana partiría entre las nubes para ver el Final del Mundo, en una marcha a pie de 10 km. Este paisaje sería muy diferente al anterior, menos montañoso, más extraño, sólo las nubes serían las mismas.

 

World´s End (41)

Gracias a ella conseguí compañía, que abarataba el coste, y un coche para recorrer los 30 km que separan la aldea hasta el inicio del recorrido al Fin del Mundo, entre las montañas de Totapola y Kirigalpotta, dos de las tres más altas de Sri Lanka, en el Parque Nacional de Hortons Plains, el único que se puede recorrer a pie en Sri Lanka.

Hortons Plains es conocido por la extrañeza y rareza de sus árboles y piedras y por estar cubierto de niebla y nubes básicamente todo el día. Tenía una inmensa curiosidad por el lugar y por pasear entre sus nubes. Ya llegando con el coche bajo la lluvia al punto de partida, se nos apareció entre la espesa niebla dos enormes ciervas, una a cada lado del coche, quietas, tranquilas, imponentes… Paramos a admirar la escena, con la respiración entre cortada. Luego aparecerían más.

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El recorrido comenzaba siguiendo las enormes piedras del cauce de un río que recorre el Parque sólo en la época de monzón y que en esta época estaba seco y servía de guía. Imaginad las piedras que se encuentran durmientes bajo el correr de un río, sus dimensiones rodadas, sus dibujos, líneas, colores y formas… era arte de la naturaleza. Imaginad poder fluir en ese cauce normalmente invisible y sumergido.

La vegetación era otro de sus fuertes. El camino se encontraba repleto de flores. La hija de Nelu me advirtió de que tenía mucha suerte, puesto que el Parque se encontraba la flor “Nelum”, una extraña flor que solo florece en ciclos de 7 y 12 años, y que ahora se encontraba en floración. Tenía la oportunidad de verla y así fue, nelum nos acompañó durante todo el camino.

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Los árboles eran extraños, rojos y verdes elípticos, retorcidos, barbudos, así como esponjosos, abarrotados del todo… me asimilaban un espacio prehistórico. Entre la niebla y las nubes pasamos por una cascada, ríos, lagos, llanuras… nos acompañaron pájaros, ardillas grandes y pequeñas, pequeñas fieras, monos, insectos, ciervos… camino al Fin del Mundo.

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El Fin del Mundo es un precipicio custodiado por nubes desde donde divisar el gran valle formado por las montañas Totapola y Kirigalpotta, la segunda y tercera más altas de Sri Lanka. El panorama sólo es visible durante una hora, a las 9: en este momento las nubes bajan y sus picos asoman de entre algodones. Llegamos al precipicio entre la niebla con la esperanza de verlo. Esperamos al borde del abismo a la hora justa y una hora más, pero nada, no hubo suerte. Todo siguió cubierto por la misma espesa bruma. Quizá no era el momento de ver nuestro final del mundo.

World´s End (20)

Entretanto conocí las historias de lugar. El Final del Mundo tenía un triste pasado que daba honor a su nombre. Con una caída libre e invisible de 870 metros, había sido un lugar atroz de suicidios durante décadas, sobre todo en la época de Guerra Civil de Sri Lanka. Deambula en él cientos de historias de gente solitaria o parejas de amantes que marcharon allí para abandonar el mundo. Tantas fueron que hoy por hoy está prohibida la entrada a sinegaleses que acudan solos, puesto que se teme que se lancen del precipicio a una muerte segura, su cuerpo se invisibilice entre las nubes y estas personas se den por desaparecidas. Quizá sin quererlo estaba otra vez en no-lugar de esos que tanto me gusta observar.

En ocasiones son la nubes las que te conectan con la Tierra, con el aquí y ahora, es la que te hace ver y sentir la armonía del todo, la paz, lo grandioso del universo. Y te sientes también chiquita ante la inmensidad de lo que tienes delante y afortunada de estar allí justo en ese preciso instante. Quizás estas nubes dieron la paz a todas estas personas que la buscaban y no la encontraban. Quizá yo no vi el Final del Mundo pero lo que si vi allí es su misma paz. Hoy mismo me acompaña.

World´s End (4)

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