Leyendas de Kandy: el Templo del Diente y la danza “Kankariya Kohomba”

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Después de dar un rodeo por el norte de Sri Lanka, llegué al centro de la isla, a las montañas, con ganas de por fin sentir su cultura. Se lo había pedido a Buda en una de mis oraciones y rodeos a una de las dagobas, tal y cómo vi que hacían el resto de foráneos. Me daba la sensación que aún no sabía de qué iba el país y eso me dejaba un poco desconcertada.

Básicamente todo lo que me había imaginado de él era incierto, no se parecía a la India, el clima en esta época era lluvioso, era caro en relación a Asia, mucho Buda, muchas reliquias y los” foreigners” eran básicamente turistas de media/alta gama, nada de viajeros autónomos… entre muchas otras cosas. Supongo que también había influido que mi primera semana allí había estado enferma, con ganas de pocos amigos. La gente de las montañas siempre me había gustado y quizá allí estaba mi baza.

Nada más llegar a Kandy el caos primero de la enorme estación de autobuses me invadió. No sabía si pintaba bien el asunto pero fue desapareciendo nada más que me fui acercando al gran lago que da vida y tranquilidad a la hermosa ciudad. Después de encontrar un guest house “cheap, cheap” y céntrico, de esos todo compartido, el baño roñoso con personas y ratones, y colchón compartido con chinches “another time” (esto lo supe luego por desgracia), me fui a ver y a sentir la ciudad.

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Delante del gran lago, el Templo del Diente. Lo vi y ya desde fuera y me atrajo. Ya sabía que a los sinegaleses les gustan mucho las reliquias, que si un pelo de Buda, que si esto fue tocado por esta o aquella persona, que si una colección friki de budas traídos del mundo, que si otra colección de cuernos de elefante… trastos, son amantes del coleccionismo y del “reliquiarismo”.

Pelos de Buda ya los había visto yo en dos ocasiones distintas, en Colombo y en Mihintale. Bueno, pues todo este templo se había construido para albergar al mismísimo diente de Buda, el canino izquierdo ni más ni menos. El piño en cuestión había ido rulando durante más de 2.500 años de India a diferentes ciudades hasta llegar a Kandy. Veamos pues la historieta.

Cuenta la rumorología que tras la muerte de Buda su cuerpo fue incinerado con leña, tal como manda la tradición y sus cenizas se distribuyeron por diferentes lugares sacros del mundo. Hasta ahí todo bien. Se ve que en un descuido alguien pilló el piño que no quemó lo suficiente en la pila y llegó a manos del príncipe Danta y la princesa Hemamala, del reino indio de Kalinga, que lo trasladaron desde la India hasta el antiguo Ceilán (hoy Sri Lanka) en el siglo IV a.C.

La leyenda continua añadiendo expectación al asunto: el príncipe y la princesa llevaron la reliquia ocultada dentro del peinado de Hemamala para pasar desapercibidos, toma ya, cosa que la verdad me parece poco creíble, todo el mundo sabe que si te lo pones en la “pitera” y ahí no te lo mira nadie. A mí me lo recomendó Lolita para mi viaje por Asia y estoy convencida de que no falla.

Volvamos, la reliquia del diente llegó primero a Anuradhapura, primera capital del reino y en sus inicios solo podía contemplar dicho canino el Rey de turno, cosas de la monarquía. Siglos más tarde, cuando Kandy pasó a ser capital del reino, se construyó el templo donde ahora recibe culto. El piño sólo abandona una vez al año el templo para pasear por las calles de Kandy a lomos de un elefante en la Procesión del Diente de Buda, que si no me equivoco viene a ser sobre agosto.

Un gran templo para una pequeña reliquia al que al día acuden miles de personas y que sólo se puede ver después de hacer cola en una fila india y sin detenerte, así como de pasada, que hay prisa, eso sí, a dos o tres metros de distancia y dentro de una urna “rococó oriental” que te impide casi fijar la vista en nada. Yo diría que lo vi.

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Se monta mucha expectación con el momento de apertura de la puerta donde mora dicho canino. Unos tambores llaman, drums, llegan monjes budistas, celebridades, enchufados, que sé yo… Ofrendas para el piño de Buda en cuestión y mañana volvemos a empezar con el lío.

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A esta leyenda se me añadió otra en el camino. En Kandy existe una danza que se ha convertido en símbolo de Sri Lanka, la danza “Kankariya Kohomba” así que marché a verla porque a veces son las artes y la música las que te conectan con lo que tienes delante, y la verdad es que así fue.

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“Cuenta la leyenda que el Rey Vijaya de Ceilán, que vivía en Kandy la capital del Reino en aquellos años, junto con el piño de Buda del que ya os he contado la historia, sufría de una enfermedad realmente misteriosa y preocupante.

Para más expectación, el Rey sufría de una y otra vez de sueño recurrente: un leopardo se acercaba y le dirigía su lengua una y otra vez (cómo me gusta esto). El Rey, preocupado, creía estar bajo los efectos perniciosos de magia negra perpetrada por su primera esposa Kuweni, que supongo yo que actuaría en todo caso despechada y que para él sería de armas tomar. Culebrón asegurado.

El Rey mandó llamar a unos chamanes que llegaron desde la India a la isla para curarle. Estos le realizaron un ritual de exorcismo conocido como el Kankariya Kohomba y su enfermedad por fin desapareció. Telita con el asunto. ¿Real, efecto placebo…? “Real” desde luego era. De la exmujer no se habla si rehízo o no su vida. Del leopardo del sueño parece ser que desapareció también.”

Así que este baile ritualístico fue adoptado por los nativos varones de Kandy (¿será porque aún culpan a la ex de lo ocurrido?) como algo mágico y exorcitante y ha viajado hasta nuestros tiempos, supongo que “more or less” tal y como yo lo vi y como yo os paso.

A mí la verdad es que también me encantó como en la leyenda del Rey Vijaha y puede ser que también surtiera su efecto conmigo. Y fue quizá en este mismo instante cuando comencé a conectar con Sri Lanka.

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