Kanyakumari y Kumari, la Diosa de los Tres Mares

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Después de unos días por la encantadora región de Kerala y teniendo ya mi billete de avión para Sri Lanka, sentí que el sur de India se terminaba y que sus días ya eran escasos. Tendría que decidir bien cuáles serían mis pasos finales hasta llegar a Chenai, lugar donde cogía mi vuelo.

Había estado bordeando toda la costa del mar arábigo en tren, en sleppers que es mucho más barato y sencillo al fin y al cabo. Al final del recorrido, cruzando de la región de Kerala a la de Tamil Nadu, justo en la zona más al sur de la India, se encuentra Kanyakumari, lugar donde el Mar Arábigo, el Mar de Bengala y el Océano Índico se unen en el llamado en Cabo Comorín como si fueran titanes, lugar dónde su puesta de sol coincide exactamente con la salida de la luna. ¡Guau! – pensé – La unión de tres mares, la luna y el sol puede ser algo poderoso y un buen modo de ir despidiendo el sur de la India, primero en saludarme en este camino. Así que me decidí marchar a su triple encuentro y sentir sencillamente una puesta de sol o salida de luna.

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Llegué a Kanyakumari y ya en el tren comenzó a llover. Era un día de estos desapacibles, ni mucho ni poco, pero había tenido pocos de estos en mi viaje así que me era aún extraño. Había leído que el pueblo venera y alberga el templo de la Diosa virgen del Mar Kumari, situado justo en la confluencia del pueblo con los tres mares. Salí de la estación caminando hacia el mar hasta encontrar el Templo de la Diosa Kumari. Cuenta la leyenda que la Diosa kanya (virgen) Kumari, una manifestación o avatar de la Diosa Devi, dominó ella sola a los demonios y consiguió la libertad para el mundo. Bien hecho.

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Siempre me imaginé una escena sencilla, tranquila y bucólica de esta despedida, pero otra vez más India me sorprendería. La zona estaba repleta de gente, bullicio y caos ordenado al más puro “indian style”. Dos calles bajaban hacia el gran templo marino y conformaban la estructura de un gran bazar mientras se expandían en forma de callejuelas y mercados. Centenares de hinduistas y escolares paseaban por la zona vestidos sendos con sus característicos atuendos. Los/as niños/as con sus uniformes impolutos de coles privados y sus trenzas con lazos ellas. Los hinduistas con sus faldas naranjas abajo y arriba sin nada más que un largo collar y un punto o bindi en la frente en señal de respeto.

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El Templo de Kankakumari, de un tamaño considerable y al estilo “kirch” hindú, contiene en su interior la imagen de la Diosa Kumari rodeada de velas con forma de vulva. Dentro de él, decenas de fieles entre pasillos rezan, se arrodillan, cantan, tocan los dinteles y alfeizares de las puertas y sin más veneran.

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Un mirador detrás del templo daba a la tan ansiada encrucijada de mares. Se divisaban las enormes piedras y la fuerza de las olas que rodean este enclave.

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Dos de estas grandes piedras, situadas a cerca de un kilómetro de la costa, conformaban dos considerables islas. Una de ellas albergaba una colosal estatua de unos 40 metros de altura y esculpida por más de 5.000 escultores indios del poeta tamil llamado Triruvalluvar.

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La otra de las islas alberga un santuario en conmemoración Swami Vivekanada, hinduista que marchó al sur para dejar su mensaje y meditar eternamente en esta isla.

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Esto hacía que la costa estuviera repleta de fieles que cogían el enorme ferry de ida y vuelta para visitarla peregrinamente. Acercarse a la isla era una buena manera de adentrase en los mares en esta simbólica despedida, así que manché a sentir la costa desde el océano. Cogí el ferry después de esperar en una interminable fila india de cerca de mil personas. Eso era una cola y lo demás tonterías. Hacía viento y las olas del mar eran considerables. Esto, sin duda acompañado de que nos daban un “lifejacket” a cada uno nada más subir al barco que todos/as se ponían entusiasmados/as, era lo que convertía en una fiesta el trayecto marino, como si de montarse en el dragón Khan se tratase. Una vez en la isla, magia, las enormes olas se diluyeron.

Hablé con los fieles, bueno, mejor dicho ellos hablaron conmigo, me preguntaron mil cosas sobre mí y mi camino, me pidieron decenas de fotos, me regalaron sonrisas… Volví a la costa y paseé por la zona de pescadores y sus casas de colores, me encontré una asombrosa catedral de mármol blanco católica y gótica, bromee con sus niños, me encontré con un par de amigos canadienses, visité parte de las cenizas de Gandhi que allí se encuentran como final de la India, y ya por fin, al atardecer me preparé para despedirme del Sur.

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La gente comenzó a agolparse cerca de los gaths y sus escaleras para ver atardecer. Gritaban en el justo segundo. Era otra gran fiesta. El mar era nuevamente bravo, se sentía que confluían tres fuerzas el él o incluso más. Me pregunté qué tres fuerzas serían y quizá deba indagar un poco más sobre ellas. Yo desde allí me despedí del mar, del sol, del sur y di gracias a la Diosa Kumari por todo el camino recorrido en mi primer mes de viaje en la India, que comenzó dos años atrás soñando con el mismo bravo mar. Desde los tres mares, como en casa, una vez más, gracias.

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