Goa, la vida al lado del mar

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Amanecí rota después de 16 h en bus en Panjabi, capital de Goa. Encontré una habitación miseriosa pero estaba muy cansada y sabía que al día siguiente era Deepavali, la fiesta grande en la India, y los precios se habían puesto por las nubes. Al día siguiente la abandoné, después de dormir rodeada de decenas de insectos, pulgas y lo que para mí eran chinches.

Como bien intuí, era hora de reencontrarme con el mar. A las 7 de la mañana salí disparada de la habitación, diciéndole eso sí al señor de la guest house que era la peor habitación de mi vida, que todo estaba rodeado de chinches, incluida yo y mis pertenencias y que hiciese el favor de tirar las “pilows” a la basura, pues eran la morada principal de estas. Él asumió como pudo mi rapapolvo, mejor de lo que yo me hubiera imaginado, y yo me fui a buscar la estación de autobuses.

Hora y media y dos autobuses locales más tarde con todo lo que eso conlleva, llegué al pequeño poblado de Benaulim. Como era un día de esfuerzo y yo lo sabía desde que salí quitándome bichos de todo lo que podía, emprendí a pie y cantando el kilómetro que separa el pequeño pueblo de la apacible playa. Y es que quien canta sus males espanta.

Ya en la playa, dos o tres guest house más tarde, encontré unos chamizos de palmera natural al lado del mar tirados de precio que me parecieron esta vez más que perfectos. Y lo eran, “Oh my God” desde él oía el mar, las aves, el romper las olas… Solo una pequeña bombilla, un ventilador de techo, una cama y una mosquitera. En el exterior un pequeño avance que yo utilicé para pintar y escribir.

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La llamaban la playa de las libélulas y las tortugas. Un paseo por ella te hacía recordar que los misterios de la vida se encuentran a veces en las pequeñas cosas, en decenas de libélulas jugando a pillar, en los enanos cangrejos que se esconden bajo la arena mientras extraen bolitas perfectas para acomodarse en su morada, en bandadas de pececitos rayados que huyen de tus pies y bailan en la orilla, en la posibilidad de encontrar una tortuga desovando en la playa…

Me encanta pasear cuando baja la marea, te desvela todos los días los misterios que esconde el mar en su interior. Siempre te deja regalos si sabes ir a encontrarlos y te recuerda que todo allí es vida. Yo eso ya lo sabía, así que temprano me fui a disfrutar de su orilla: estrellas de mar, peces, cangrejos, pájaros, perros de playa de los que acostumbro hacerme amiga… todos esperando relajadamente a comenzar el día.

Vi un pequeño pez que se había quedado atorado en la orilla y fui a socorrerle. Él por supuesto me mordió y yo conseguí dejarlo salvo en el mar. Le di las gracias por morderme, es Ley de vida y no puede esperar menos de un humano, y él raudo desapareció.

Por la noche, alguno de los perros de la playa se acercaba al chamizo a ver si caía algo de comer. Yo siempre guardaba las sobras de mis manjares entre servilletas y ellos/as me lo agradecían. Uno de ellos, el más raquítico de todos, me robo las pasas de encima de la mesa o más bien yo me las dejé robar. Le vendrían mejor a él, que estaba más raquítico que yo.

Regalos del mar

Y pasé los días sin moverme del lado del mar y, como canta Drexler, tenía suficiente. Sus olas, los vuelos de los pájaros, sus juegos, sus perros intentando atrapar pasas o peces naufragados, los cangrejos arrimados, las estrellas, mariposas marinas o alguna que otra deidad sumergida… Jugué, pinté, fotografié y encontré las cosas más insospechadas al lado del mar.

Me hubiese pasado allí una eternidad si no fuese porque tenía a los tres días el tren a Hampi ya comprado, con lo que cuesta conseguir un tren en la India. Pero sabía que tenía que reencontrame con el mar, sería una próxima parada en cualquier otro sitio, seguramente en Kerala.

Creo que para las personas que hemos nacido al lado del mar, tenerlo cerca es siempre como volver un poco a casa. Es curioso, pero el mar es igual en todos los lugares del mundo, inmenso, tan sólo cambia tu perspectiva. Es el mismo mar que todos miramos hasta el infinito, una y otra vez, conectado. Es el mismo mar que se nos aparece en sueños. El mismo mar que nos recuerda que simplemente en la otra orilla, tan cerca, se encuentra casa.

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Dibujo Indonesia - Playa 1

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