Tailandia, el incicio de un sueño, las mujeres jirafa y lo invisible

Bangkok (108)

 Recuerdo que llegué en monzón y claro, de aquellas lluvias estos lodos. En Tailandia llovió todos los días sin excepción ninguna. El agua, como preludio, estuvo presente en cada segundo del trayecto, en el barro, en el cielo, en las aguas, en el aroma, en los sueños… y fue calando gota a gota. Allí soñaría con el bravo mar, con cabalgatas de elefantes y macacos danzantes, con un colosal templo de cuatro caleidoscópicos monos, con aquel extraño gato tuerto y su caja de música que tanto me harían pensar…. A media que me adentraría en el interior del país, los efectos de las lluvias serían más devastadores: ríos desbordados, diques construidos con sacos de arena desparramados, aldeas totalmente anegadas… Aquella agua fluiría a borbotones y ya no podría ser detenida. Y fue así como ya no pude parar de soñar, noche tras noche, calando sueño tras sueño en mi destino.

Viajaba con mi amiga Patricia, eterna compañera de viajes a la que había conocido en un campo de trabajo en Argelia y con la que había recorrido Perú y Senegal años antes. En este encuentro, las dos poníamos por primera vez pie en Asia con la idea de recorrer durante un mes Tailandia, Laos, Camboya o lo que fuese que se presentase a nuestro paso. Aún no lo sabía pero este viaje sería distinto, sería un embrujo, el inicio de un gran sueño, mi punto omega particular.

Bangkok (286)

Bangkok (278)

Aterricé en Bangkok aturdida. Yo llegaba del caos y todo me pareció un caos mayor, puesto que Kao Shan Road, enclave de mochileros/as, nunca podría hacerme cambiar de opinión. Oriente era diferente. La aparente suciedad de la ciudad, sus más de 8 millones de habitantes, el tumulto, el ruido, las ratas, la megalópolis… poco imaginaba que ese bullicio no sería realmente nada comparado con lo que Asia me depararía. Curiosamente, cuando regresé a Bangkok dos años después, me pareció un remanso de sosiego y paz. Y es que parece ser que mis ojos han cambiado.

El casco antiguo de Bangkok deslumbra. Tanto, que hay lugares de los que te haces fan casi al instante y te encandilan. Eso es lo que me ocurrió en el Templo del Buda Esmeralda. Con sus enormes y gigantes yaks custodiando por doquier al pequeño y más que viajero Buda de jade, en su interior la sensación de protección te traspasa. Relindo, dorado, sereno y ante todo guardián, es el templo perfecto y para mí no hay uno mejor. Entras, algo de su magia te atrapa y sabes que volverás allí cada vez que puedas. Y hechizada, así lo hice cuando volví dos años después.

Bangkok (156)

Sin perder mucho tiempo en la ciudad y contrariamente a la impronta del alud de westerns, decidimos marchar hacia al norte del país. Aguardábamos en Bangkok aún atónitas con oriente en la estación de tren de Hua Lamphong sin saber lo que nos depararía el día, cuando aparecimos ni más ni menos que en el imperioso encuentro de la mismísima Reina de Tailandia y la hermana de su marido o Rey. Oh my Queen! Aquello era todo un acontecimiento “Real”: quedaron sendas cuñadas para chocar las manos en la estación, eso sí, protocolariamente, o eso entendí yo.

Trajeron un par de colegios, medio ejército, elevaron barbillas al viento y nos dieron unas banderitas monárquicas con la consigna de agitarlas y no hacer fotos del momento. Pues eso, allá donde fueras haz lo que vieras, aunque seas republicana. El acto fue rápido, niños y niñas de uniforme, sonrisas postizas, sacudidas de banderitas, choque de manos, “cataclaca, cataclaca” y despedida.

Después de todo el barullo cogimos el tren hacia Phitsanulok para acercarnos a la antigua Sukotai. Con el retraso real perderíamos el último enlace del bus, así que tendríamos que alcanzar, durante una hora y bajo un manto de lluvias, en tuk-tuk “descapotable” o tres ruedas la ciudad.

Bangkok (37)

Al día siguiente, ya secas, marcharíamos a recorrer en bicicleta la antigua ciudad histórica de Sukotai y Reino de la Felicidad, hoy paradójicamente deshabitado, y pasear por sus silenciosos caminos, arboledas, ruinas, budas y templos, profesando aquella que dio origen a su nombre hace 700 años. Paz en mayúsculas, el agua por fin dio algo de tregua.

Sukotai (66)

Sukotai (27)

Volvimos a la misma estación de tren para continuar el trayecto y llegar durmientes al norte de país. Soñar con la ventanilla abierta y ver su amanecer es un placer ignorado por muchos/as, al más puro estilo Sukotai. Con las lluvias encendidas otra vez, marchamos hacia Chiang Mai, lugar de tribus y etnias, tigres y elefantes, templos y jungla.

Allí, un guest house con dormitorio compartido a un dólar era el lugar perfecto sin duda para explorar territorio y gentes. En ella conoceríamos a Lluís el viajero, al que visitaría años más tarde en Filipinas, a la tailandesa cuidadora Tom, a la que volvería a encontrar cuatro años después paseando en una playa en Koh Phangan justo después de pensar en ella, como si la materializara, y a otros/as tantos/as que por la noche marchábamos a bailar reggae asiático en directo.

Chiang Mai (24)

El norte de Tailandia es un lugar encuentro de muchas minorías étnicas tibeto-birmanas que por razones obvias tuvieron que marchar de sus lugares de origen. En Chiang Mai se puede pasear por algunas de sus aldeas, previo pago de una entrada por visitar el lugar. Esto me dejó pasmada: ¿pagar por visitar una aldea, un grupo de gente? ¿en qué mundo vivíamos? Oh my God! Bienvenida sin duda al mundo de la despiadada globalización, en todos y cada uno de los sentidos.

Chiang Mai (237)

Reflexioné acerca de qué haría a esta gente pedir dinero por visitar su aldea y aunque esta no es la táctica para preservar una cultura, pensé que la vida y subsistencia tribal es muy complicada en estos tiempos modernos, que sus jóvenes marchan buscando otra vida diferente, que su futuro es más que incierto y que no les resultaría del todo agradable ver a “guiris” merodeando entre sus viviendas, aparte de que muchos/as de esos/as “westerns” habían atacado falsamente los símbolos de su cultura, así que esa era su humilde y comunal treta.

Los y las Padaung, conocidos por sus “mujeres jirafa”, forman parte del grupo étnico Karen, una minoría étnica birmana que durante la década de los 90, debido al conflicto bélico con el régimen de Birmania, la ahora Myanmar, huyeron exiliadas al norte de Tailandia. En Tailandia componen una comunidad de aproximadamente unas 7.000 personas y su vida no es ni ha sido fácil.

Las mujeres Padaung llevan unos largos collares de anillos de bronce en sus cuellos, símbolo de belleza al imitar a un dragón, animal en muy alta estima por el folklore local. Muchos y muchas westerns lo censuran, creo y disculpad, desde el “etnocentrismo” que nos caracteriza (dícese de la actitud preponderante por la que se analiza el mundo de acuerdo con los parámetros de nuestra propia cultura, concebida esta como superior al resto, que son siempre más “primitivas” y “desacertadas”). Antropológicamente se cree que tenían la función de proteger de la mordedura de los tigres en el cuello, pero eso normalmente ni se menciona.

Durante mis viajes siempre he intentado quitarme esas gafas western que me vieron nacer. Todos/as llevamos unas invisibles y ya advierto, incautos/as, que quitárselas es más difícil de lo que uno/a cree. Estas son algunas de las premisas westerns que yo veo con otros ojos, pues está claro que todo depende siempre de los ojos con que se mire.

“El collar es un modo de agresión y sometimiento a las mujeres”. No todas las mujeres Padaung llevan collar en el cuello, en principio solo lo aquellas que nacen los miércoles de luna llena. Para las personas de la tribu se considera todo un privilegio poseerlo. No se trata de una agresión masiva contra el género femenino, una de las opiniones más extendidas desde “centroland”. Bienvenido/a a la realidad, para aseverar que la mujer está sometida al hombre en multitud de facetas no hace falta recurrir a sociedades ajenas, seguramente solo mirar alrededor de la nuestra.

“Si se quitan el collar mueren desnucadas”. Yo misma las vi quitarse y ponerse el collar con total normalidad y no cayeron fulminadas cuál avestruz desplumada. La ni más ni menos National Geographic publicó en 1979 una la radiografía de una mujer Padaung en la que se veía que los collares no aumentaban la separación entre las vértebras del cuello, sino que oprimían hacia abajo la clavícula y las costillas, creando así el efecto visual de un cuello muy estirado.

Radiografia mujer jirafa

“Es una costumbre primitiva y dolorosa”. Es un símbolo de belleza, de pertenencia e inclusión social, como para el resto de sociedades los cortes de cabello, crestas, cardados o tupés, los tattoos, las laceraciones, la depilación con cera, las perforaciones en las orejas, piercings, brackets, las operaciones de estética, los tacones, los ganchos, peinetas, corsés, fajas… el umbral de dolor por llevarlo o tenerlo es del todo relativo y subjetivo. No es ni el mejor ni el peor del mundo. En Asia miran horrorizadas nuestras depilaciones con cera al igual que yo los tacones de aguja.

“Solo llevan el collar para atraer turistas y ganar dinero”. Esto sí que es etnocentrismo puro. Pensar que la dinámica, riqueza, tradiciones y costumbres de una cultura milenaria solo gira en torno a la propina que sacarán en por la foto del tourist es creerse el centro del mundo y minusvalorar a la otra cultura. Lo siento: había miles de años de tradición antes de llegar ustedes.

Así que yo no me horroricé al verlas con sus largos collares y las vi preciosas, ni más ni menos que como ellas se sentían, que es cuando se uno/a convierte en hermoso/a. Honestamente, creo que el verdadero problema de estas gentes y sus mujeres no sus collares sino su exilio, crecer lejos de sus lugares de origen por la represión de un régimen que no cesa, separados muchas veces de sus familias, viviendo en otro país como un/a inmigrante de una minoría, viendo cómo desaparece a pasos agigantados su cultura y su forma de vida… Y de eso poca polémica he escuchado. Es invisible a los ojos de nuestras gafas western. Es más sencillo llamarles primitivos por sus flamantes collares “represivos”.

Chiang Mai (118)

Tailandia me trajo el inicio de mis mágicos sueños, mis primeros pasos en Asia, mi amanecer en el Reino de la Felicidad, conocer culturas ajenas, repensar problemáticas sociales… me enseñó a quitarme mis gafas y ver lo invisible que siempre me ha gustado mirar. Tailandia y ese monzón me trajeron agua para arrastrar y me ayudaron a cruzar. Y lo invisible se hizo visible. Y el agua ya no paró.

Bangkok (48)

Chiang Mai (222)

Anuncios

Una respuesta a “Tailandia, el incicio de un sueño, las mujeres jirafa y lo invisible

¿Quieres dejarme un comentario? ¡Gracias!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s